sábado, 1 de noviembre de 2008

LA SUCESIÓN APOSTÓLICA Y LA INFABILIDAD PAPAL


(Extracto de "A las fuentes del cristianismo" de Samuel Vila. ED. CLIE)

La Iglesia Católica enseña:
1.1 Que el Señor Jesús, en las palabras dichas al apóstol san Pedro: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... Y a ti daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ligares en la tierra, será ligado en el cielo" (Mateo 16:18), hizo a este santo apóstol cabeza de la iglesia, lo cual implica, necesariamente, otorgarle el don de la infalibilidad.
2.1 Que san Pedro fue el primer papa en Roma y traspasó esta dignidad a un sucesor, con el privilegio de que el don de su infalibilidad se perpetuara a través de los siglos.
El Santo Evangelio dice:
"A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra; porque uno es vuestro Padre que está en los cielos. Ni os llaméis maestros, porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos" (Mateo 23:9, 11). (Nota: Papa significa "padre venerable")
Es evidente que el Señor Jesucristo dio un gran privilegio a san Pedro al constituirlo fundador de su Iglesia, y el primero que abrirla a los gentiles las puertas del reino de Dios (Ver Hechos 10); pero las palabras: "Todo lo que ligares en la tierra, será ligado en el cielo", sobre las que se pretende fundar la infalibilidad, son una promesa hecha, no solamente a san Pedro, sino a todos los apóstoles (véase Juan 20:23). Y también a dos o tres discípulos que se reúnan para adorar a Dios de todo corazón, cuando dice: "En verdad os digo, que todo aquello que ligareis sobre la tierra, ligado será también en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, desatado será también en el cielo. Además, os digo que si dos de vosotros se convinieron sobre la tierra de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos; porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos" (Mateo 18:18-20).
Aquí tenemos dos cosas claramente definidas por el Salvador. Primera, una facultad dada a todos los apóstoles, no a san Pedro tan sólo. Segunda, esta facultad es comparada, para mayor abundamiento, a la que Dios mismo concede, no ya solamente a los apóstoles, sino a cualquier grupo de fieles sobre la tierra que se conciertan para orar a Dios, sin que tales palabras signifiquen una promesa de infalibilidad para tales fieles, lo cual seria una locura pensarlo, sino una promesa de lo eficaz que es la oración de fe.
Ahora bien, para los hebreos (ver la Mishná o el Talmud), ligar significaba "declarar ilegal una cosa", y desatar significaba "declarar legal una cosa". Así leemos que el "rabí Meir desató (esto es, permitió) la mezcla de vino con aceite y la unción de un enfermo en día de sábado".
En cuanto a recoger leña en día de sábado, se dice que la escuela del rabí Shamai lo ligaba (esto es, lo declaraba ilegal, lo prohibía), mientras que la escuela del rabí Hillel lo desataba (esto es, lo declaraba legal, lo permitía).
Cuando Jesucristo ascendió a los cielos, sólo los apóstoles y discípulos del Señor que habían estado con Él los tres años de su ministerio sabían cuáles eran las doctrinas cristianas que se debían enseñar a la humanidad; por lo tanto, sólo ellos podían ligar (declarar ilegal) o desatar (declarar legal una doctrina); por esto, aunque la promesa de las llaves para abrir o inaugurar el Reino por la predicación del Evangelio a judíos y gentiles, es hecha solamente a Pedro, la de ligar y desligar es dada a todos los apóstoles.
Ahora bien, antes de que desapareciesen los apóstoles Dios hizo que estas doctrinas quedaran registradas en el Nuevo Testamento, que nosotros los evangélicos tenemos como única regla de fe y de conducta. Procediendo así, no hacemos más que aceptar lo que Pedro y los otros apóstoles ligaron o desligaron, mientras que caen en la herejía los que se apartan de aquellas doctrinas que los apóstoles ataron o desataron, de acuerdo con la autoridad que les dio nuestro Señor Jesucristo.
Por otra parte, es interesante notar que la traducción de Mateo 18:18 es defectuosa en casi todas las versiones católicas y protestantes, ya que la traducción literal y correcta es la siguiente: "Cuanto ligares en la tierra, habrá sido ligado en el cielo; y cuanto desatares en la tierra, habrá sido desatado en el cielo" Esto es porque los verbos "Ligar" y "desatar", que en las traducciones corrientes se traducen como futuros imperfectos de indicativo de la voz pasiva, están en el texto original griego en futuro perfecto. Para ser más exactos: En el versículo en cuestión tenemos dos futuros perfectos pasivos: "esomai dedemenon" ("habrá sido atado") y "esomai lelumenus" ("habrá sido desatado"). Esta forma gramatical se llama parafrásica, y el ser usada aquí por Jesucristo es toda una revelación.
Esto indica que los apóstoles no harían sino declarar ligado en la tierra lo que en el cielo ya habría sido ligado, y desatar en la tierra lo que en el cielo ya habría sido desatado. Es decir, el cielo no está supeditado a las decisiones de la tierra, como parece indicarlo la traducción corriente, sino la tierra a las decisiones del cielo. Eso es lógico, y parece extraño que los traductores no se hubiesen dado cuenta de ello antes, seguramente influenciados por la Interpretación romanista; pero al volver al texto griego nos damos cuenta de que Dios no delegó su soberanía a ningún mortal, ni siquiera al papa de Roma. No podía ser de otra manera siendo Dios.
I. San Pedro no fue considerado
Papa por los demás apóstoles
San Pedro no fue considerado como superior o papa por los demás apóstoles; pues poco después de haber pronunciado el Señor las palabras que han adoptado los obispos de Roma para tratar de probar su primacía, los propios discípulos estaban disputando "cuál de ellos seria el mayor"; y Cristo, que tantas veces solía repetir sus enseñanzas cuando éstas no eran bien comprendidas, no pone fin a la disputa diciendo: "Ya os he declarado que Pedro ha de ser el jefe", sino que, poniendo un niño entre ellos, afirma que el primero será quien sea más humilde (Mateo 18:4).
En los Hechos de los Apóstoles, cap. 8, vers. 14, leemos: "Y los apóstoles que estaban en Jerusalén, habiendo oído que Samaria habla recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan"
Fijémonos: ¡el papa, enviado por sus subalternos a una misión evangelizadora! Sería más concebible, desde el punto de vista católico romano, si dijera que san Pedro decidió enviar dos legados suyos para sobrevigilar la misión samaritana, o que el "Jefe Supremo de la Iglesia" decidió ir en persona a visitar la obra iniciada; pero que otros le mandaran o le enviaran, es del todo inconcebible, desde el actual punto de vista de la Iglesia de Roma. Pero esto es, sencillamente, lo que declara la Sagrada Escritura; que en nada favorece la pretensión al papado.
Pero aún hay otra cosa más grave. El primer concilio ecuménico se reúne en Jerusalén. ¿Quién debiera convocarlo y presidirlo sino san Pedro? Sin embargo, no es así. Santiago es quien preside y quien formula las conclusiones. San Pedro asiste como los demás, tomando parte en los debates; y cuando Santiago, en el discurso final, tiene que referirse al testimonio aportado por san Pedro, lo hace en las siguientes palabras: "Varones hermanos, oídme: Simón (Pedro) ha contado cómo Dios primero visitó a los gentiles para tomar de ellos pueblo para su nombre" (Hechos 15:14).
¿Se puede concebir mayor osadía? ¡Nombrar al Vicario de Jesucristo con su antiguo y familiar nombre de Simón, sin darle ningún tratamiento! Si se alega que los de Santidad, Beatísimo Padre, etc., todavía no estaban en uso, podía, por lo menos, haber dicho: "El Jefe de la Iglesia", o "El representante de Nuestro Señor Jesucristo", ha tenido a bien exponernos cómo Dios primero visitó a los gentiles, etc. Pero nada de esto dice Santiago, sino: "Simón ha contado ..." Simón a secas. Y lo más admirable es que ninguno de los demás apóstoles, ni de los millares de fieles que se hallan presentes, protestó contra tamaña insolencia. ¿Qué significa todo ello, sino que los condiscípulos de san Pedro no veían en éste sino un apóstol y servidor de Dios, igual que todos los demás?
Así se desprende, también, de la enumeración de cargos que san Pablo cita en su epístola a los Corintios, cuando dice: "Y a unos puso Dios en la Iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores…" (1ª Corintios 12:28). Vemos que olvida poner el primero y principal de todos los cargos eclesiásticos, según los católicos romanos. ¿No era natural que dijese: "Lo primero papa, luego apóstoles, lo tercero profetas, luego doctores y pastores, etc."?
Que san Pablo no reconocía en san Pedro al jefe infalible de la iglesia, sino un apóstol distinguido, como san Juan o Santiago, se desprende del incidente de Antioquía. Dice así el inspirado apóstol: "Cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí en la cara, porque era de condenar... Cuando vi que no andaban derechamente conforme a la verdad del Evangelio, dije a Pedro, delante de todos: "Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué constriñes a los gentiles a judaizar?" (Gálatas 2: 11 y 14).
¿Habría podido dirigirse a san Pedro en tales términos, si éste hubiese sido reconocido por todos los fieles como jefe supremo e infalible de la Iglesia, nombrado nada menos que por el mismo Señor Jesucristo?
Si san Pedro hubiese sido papa, si él hubiese entendido por las palabras de Jesucristo que lo era, tenía el deber de declararlo a sus condiscípulos. En lugar de hacerlo, en sus dos cartas se limita a titularse solamente apóstol, como hubiera hecho cualquier otro de los testigos de Jesucristo; y en el capitulo 5 de su 1ª epístola se da a sí mismo el más modesto título de presbítero. Esto es todo lo que sabemos de las pretensiones de san Pedro en días apostólicos. ¿Pueden fundarse sobre ellas las amplísimas pretensiones del papado? El edificio resulta desproporcionado al fundamento; y esto, ni en el terreno físico ni en el de la lógica puede admitirse en manera alguna.
II. San Pedro no fue obispo de Roma ni designó ningún sucesor
Para poder afirmar el dogma de la supremacía e infalibilidad papal serían necesarias tres cosas:
1ª Que el Señor Jesucristo hubiese indicado que los privilegios dados a san Pedro serían transmisibles a otras personas.
2ª Que san Pedro hubiese ejercido durante un largo tiempo el obispado de Roma.
3ª Que hubiese nombrado un sucesor, en documento conservado hasta nuestros días, o del cual tuviésemos noticia por testigos fieles contemporáneos del gran apóstol.
Pero nada de esto encontramos en el Nuevo Testamento ni en la Historia de la Iglesia.
Jesucristo no dijo una sola palabra acerca de la transmisión de aquellos privilegios, concedidos en recompensa a la fe de su gran discípulo.
Sus promesas tienen un carácter netamente personal: "Tú eres Pedro" "A ti daré las llaves…" ¿Por qué no habla Cristo de sucesión? Porque el privilegio de san Pedro era exclusivo. Nadie más que él podía abrir o inaugurar la Era de la gracia en el mundo, como lo hizo el gran apóstol el día de Pentecostés.
III. El apóstol Pedro no ejerció el pontificado de Roma por 25 años
No existe prueba alguna histórica de que san Pedro ejerciera el cargo de obispo de la Iglesia de Roma por 25 años, como pretenden los católicos, ni mucho menos. Todo lo que dice la Iglesia Católica acerca del pontificado de san Pedro en Roma, se basa en una tradición posterior en 120 años a la muerte del gran apóstol, en la cual se afirma solamente que murió juntamente con san Pablo en aquella ciudad.
Según los Hechos de los Apóstoles, san Pedro se quedó en Jerusalén después de la muerte de Esteban. San Pablo, diecisiete años después de su conversión (que no ocurriría sino algunos años después de la muerte de Cristo), encontró al apóstol san Pedro ejerciendo todavía su ministerio en aquella ciudad (Gálatas 1:18 y 2:1). Entonces convinieron los dos grandes apóstoles, juntamente con Jacobo y Juan, que san Pedro dirigiría la obra entre los judíos, y san Pablo la de los gentiles (Gálatas 2:7 al 10). Esta división de territorio excluye toda posibilidad de que san Pedro llegase a ser el obispo de una iglesia gentil, establecida en la capital del Imperio Romano. Y mucho menos que lo fuese durante 25 años, ya que para ello no solamente habría tenido que faltar a lo pactado con san Pablo, sino que su muerte debería haber ocurrido por lo menos 20 años más tarde de la fecha en que la tradición dice que murió.
Existe una primera epístola del apóstol san Pedro, escrita en edad avanzada, en la cual el propio apóstol se declara residente en Babilonia (1ª Pedro 5:13). Algunos comentadores católicos han pretendido que con este nombre trataba de ocultar el de Roma. Esto podría alegarse si hubiera para ello otros indicios, por ejemplo: que en la misma halláramos citados nombres de cristianos de la Iglesia de Roma, como los tenemos en las cartas de san Pablo; pero sabiendo que Babilonia existía en días del apóstol con buen número de habitantes (entre ellos muchos judíos, a cuya evangelización san Pedro se había dedicado), y no habiendo otros indicios que prueben lo contrario, es mucho más natural creer que se refiere a la Babilonia bañada por el Eufrates. En la 2ª epístola de san Pedro, escrita poco antes de su muerte, según manifiesta el propio apóstol en su cap. 1º, vers. 14, no hay tampoco el menor indicio de que escribiese desde Roma, pues no menciona a ninguno de los grandes cristianos que por las cartas de san Pablo sabemos que vivían en Roma, a la sazón.
Esta falta de pruebas de carácter positivo es una gran dificultad para los católicos romanos. Pero veamos ahora las que contradicen el obispado de san Pedro en Roma.
Cerca del año 58 (o sea después de dieciséis años de pontificado de san Pedro en Roma, según la tradición católica), san Pablo escribe su carta a los Romanos, y en ella no hace mención alguna a su obispo: aquel gran apóstol tan bien conocido por san Pablo, como vemos en otras epístolas suyas. Al final de esta carta hay una lista de 27 cristianos de Roma, a los cuales el apóstol envía saludos, poniendo alguna frase de elogio para cada uno de ellos; pero no envía ningún saludo para san Pedro, el pastor de la Iglesia. ¿Es ello concebible, de ser cierto el pontificado de san Pedro en aquella ciudad?
Como tres años después, san Pablo mismo llegó a Roma, y muchos cristianos salieron a recibirle a una distancia de 25 kilómetros. Si san Pedro hubiese estado en Roma, ¿no tendríamos alguna noticia del encuentro de estos dos grandes adalides de la misma causa cristiana, por el camino, o en la capital misma? Pero ni una palabra de ello nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles.
San Pablo residió dos años en Roma, en calidad de preso custodiado, en la casa que tenía alquilada. Si san Pedro se halló ausente al tiempo de su llegada, como dicen algunos apologistas católicos, debió haber vuelto en tan largo espacio de tiempo. Durante estos dos años san Pablo escribió muchas epístolas, y en casi todas ellas envía salutaciones de la Iglesia y de varios cristianos prominentes de Roma; pero nunca menciona a san Pedro. En la carta dirigida a los Colosenses da los nombres de sus colaboradores, y añade: "Estos solos me ayudan en el reino de Dios" (Colosenses 4:7, 11). Pero entre éstos no se halla san Pedro, cuando de haber sido el obispo de Roma debía figurar como el primero de sus ayudadores.
En su 2ª carta a Timoteo, refiriéndose san Pablo al final de estos dos años, cuando fue presentado a Nerón, dice: "En mi primera defensa nadie me asistió; todos me desampararon: ruego a Dios que no les sea imputado" ¿Podemos creer que san Pedro era uno de los que desampararon al gran apóstol de los gentiles, si hubiese sido el obispo de Roma? ¿No debía haber aquí una honrosísima excepción a su favor? Los cristianos evangélicos tenemos demasiada buena opinión del gran apóstol Pedro, que tan fiel se mostró después de su confirmación al apostolado, para inferirle la injuria de suponer que se hallaba en Roma en semejante ocasión.
Poco antes de su muerte, como lo expresa al decir: "Yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano", el apóstol san Pablo envía por última vez saludos de cuatro cristianos principales de Roma: "Eubulo, Pudente, Lino y Claudio" (2ª Timoteo 4:21). (Es este Lino a quien los católicos suponen sucesor de san Pedro y segundo papa de Roma). Pero el nombre de san Pedro no es mencionado, a pesar de que faltaban pocos días para que, según la tradición católica, san Pedro y san Pablo fuesen ejecutados juntos en el monte Tiber, cercano a Roma. De todos estos hechos se deducen, de un modo indubitable, las siguientes conclusiones:
1ª Que san Pedro nunca fue obispo de Roma; y que su pontificado de 25 años es una mera leyenda, ya que no existen pruebas históricas de que él estuviera, no 25 años, sino ni siquiera una semana, ejerciendo el pontificado en aquella ciudad; y, en cambio, nos vemos abrumados de hechos que lo contradicen.
Nuestros opositores se rasgan las vestiduras ante las palabras de este párrafo. Sin embargo, ¿dónde está la prueba concreta del pontificado de san Pedro en Roma, ni por 25 años (lo que es totalmente imposible a la luz del Nuevo Testamento), ni por ningún período de tiempo? No existe un documento de la época que lo acredite, ni tampoco alguna declaración del propio apóstol san Pedro en el sentido de nombrar un sucesor.
Que Pedro sufriera el martirio en Roma, es otra cosa. También lo sufrió Ignacio, y era obispo en Antioquía. Sin duda, fue sobre este suceso histórico que se trató de establecer la supremacía (no infalibilidad) del obispo romano sobre los demás obispos de la antigüedad.
Es muy extraño que aquellos obispos antiguos que, acuciados por la conveniencia de formar un bloque en medio de las controversias dogmáticas de la época, tratan de establecer la supremacía del obispo de Roma como sucesor de san Pedro, no traigan a luz, en sus tiempos, tan cercanos al gran apóstol, ningún documento de su pluma, ni de la de los primeros obispos de Roma, que demuestre que el apóstol les confirió de un modo concreto tal sucesión y poder.
Por el contrario, la enorme diferencia que se nota entre el lenguaje simple, sin pretensiones de poder ni referencia a ninguna sucesión, que observamos, no solamente en las dos cartas de san Pedro, sino también en las de los primeros obispos de Roma, como veremos inmediatamente. Y el lenguaje que usan acerca del obispo establecido en la capital del Imperio sus compañeros de otras diócesis, atribuyéndole cierta jerarquía, pero no autoridad plenaria en todos los asuntos, y mucho menos infalibilidad, demuestra que la sucesión del Pontificado de Roma y la supremacía papal, a falta de ser un hecho histórico, fue, ante todo, un deseo; una conveniencia de carácter orgánico para fomentar la unidad. Conveniencia que la astuta política de los obispos de Roma, que se sintieron halagados por tal deseo, supo bien aprovechar, y la tradición, de siglo en siglo, logró totalmente establecer.
2ª Si se quiere conceder alguna veracidad a la tradición de que san Pedro murió, juntamente con san Pablo, sobre el monte Tiber, en el año 67, sin que dicha tradición se halle en contradicción con los documentos apostólicos, tenemos que suponer que san Pedro fue llevado preso a Roma muy poco antes de la fecha de su muerte; y que el encuentro de los dos grandes apóstoles fue una gran sorpresa para ambos en aquel memorable día, en que iban a morir juntos.
3ª Si san Pedro no ejerció el pontificado en Roma, mal podía nombrar como sucesor suyo a un obispo de aquella ciudad.
Lo más seguro es que no lo hizo en aquella ciudad ni en parte alguna; pues el título de Jefe Universal de la Iglesia el gran apóstol de los judíos (Gálatas 2:8) no lo pretendió jamás, ni ningún cristiano de su tiempo se lo atribuyó, de modo alguno.
Si ello era debido a la mucha humildad del fiel apóstol de Jesucristo, como alegan los católicos, esta virtud de su carácter (poco imitada, por cierto, por algunos que se han llamado sucesores suyos), no debía impedirle nombrar un sucesor. Era su deber hacerlo, para evitar disputas en la Iglesia, si el cargo existía. ¿Por qué no lo hizo? Por la sencilla razón de que él había oído decir a Cristo: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" Porque: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos" Sabía que la Iglesia era una sociedad espiritual y no mundana, en la que cada fiel es responsable directamente a Cristo, y no intentó organizarla como sociedad humana. Recordaba, también, las palabras del Maestro: "El que quiera ser el primero, sea el postrero de todos"; y no trató de darle un jefe visible.
Los católicos podrán poner en duda estas razones del apóstol (a pesar de que el sacerdocio universal de los creyentes se halla enseñado bastante bien en su primera carta, cap. 2, vers. 9), pero lo que no pueden negar es que no existe documento, de parte del apóstol o de otros cristianos de su siglo, que demuestre lo contrario.
De esperar era que en su segunda epístola, cuando el apóstol san Pedro declara la proximidad de su fallecimiento (cap. 2; vers. 14), dijese a quién tenían que obedecer una vez él hubiere dejado "su tabernáculo". Pues en lugar de dar el nombre de un sucesor, se limita a decir que: procurará dejarles memoria de las cosas de las cuales él había sido testigo, en cuanto a la vida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo. Esta promesa quedó cumplida, según los santos padres, en la redacción del Evangelio de S. Marcos, el cual fue escrito, según Papías, bajo la inspiración de san Pedro.
Los católicos tradicionalistas dicen que nombró a san Lino; pero no aportan de ello ninguna prueba. Por allá del siglo XII, dijeron que se había descubierto un documento, no de san Pedro, sino de otros inmediatos obispos de Roma, declarando que tal nombramiento había tenido lugar. Nos referimos a las Falsas Decretales. Hoy día no hay ningún teólogo católico romano que se atreva a afirmar la autenticidad de tales documentos. Hay en ellos demasiadas contradicciones y señales de haber sido redactadas en el siglo XI y no en el II, para poder apoyar sobre ellos un dogma tan importante para la Iglesia. Incluso los jesuitas, los más ardientes defensores del papado, así lo han reconocido.
Pero, entonces, ¿con qué razón y bajo qué títulos puede llamarse el actual papa de Roma sucesor de san Pedro? En virtud de una tradición que se ha prolongado por muchos siglos. Pero la cuestión no es desde cuántos siglos los obispos de Roma se consideran sucesores de san Pedro y jefes de la Iglesia, sino si lo son en realidad. Si fueron nombrados como tales; si existen pruebas de tal sucesión, donde debieran ser halladas, en los primeros siglos. ¡Tan fácil como hubiera sido al apóstol san Pedro resolver la debatida cuestión con dos líneas que hubiera escrito en las cartas, reconocidas universalmente como suyas por católicos y protestantes! ¡Una palabra solamente, un nombre: Lino, y la unidad de la Iglesia hubiera quedado para siempre establecida! Pero no lo hizo. ¿Por qué?
Primeramente, porque, como hemos podido ver, un Pedro no tenía relación con estos buenos cristianos de Roma, entregado como se hallaba a su ministerio entre los judíos de Oriente.
En segundo lugar, porque no era Pedro quien guiaba su propia pluma, sino que como él mismo declara: "Los santos hombres de Dios escribieron siendo inspirados por el Espíritu Santo> (2.1 Pedro 1:21). Esta gran realidad se cumplía en su propia persona. Y el Santo Espíritu de Dios, que conocía los destinos de la verdadera Iglesia de Cristo, no podía de ningún modo sancionar el sistema autoritario y abusivo que iba a formarse, en el curso de los siglos, sobre el nombre del gran apóstol.
La interpretación de los santos padres
La interpretación que dan a las palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no los ortodoxos, protestantes o evangélicos, sino muchos santos padres, anteriores al romanismo y al protestantismo, es que la piedra no es la persona de Pedro, sino la capital declaración que éste acababa de hacer de que Jesús era el Hijo de Dios.
San Cirilo de Alejandría
, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Por la roca debéis entender la fe Invariable de los apóstoles" S. Cirilo de Alejandría, Dial. IV. Trinitate, núms. 507-8.
San Hilario, obispo de Poitiers
, en su 2º libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por boca de san Pedro"
San Juan Crisóstomo
dice en su homilía 55 comentando S. Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Es decir, sobre la fe de su confesión. Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del apóstol? Hela aquí: - Tú eres Cristo, el hijo de Dios vivo -." Hom. 54 in Mat. 2; MG 58, 534.
Orígenes
exclama: "Si suponéis que Cristo fundó su Iglesia sólo sobre Pedro, ¿qué papel asignáis a los demás apóstoles? ¿Qué les concedéis a Santiago y a Juan, que también Cristo les puso el sobrenombre de hijos del trueno, para indicar su gran significación?"
San Ambrosio
escribió: "Petrus primatum confessio acceptit, non honoris" (Pedro no aceptó los honores de su primera confesión).
Fabián
, uno de los primeros obispos de Roma (y por ello para los romanistas, un "Papa"), escribió al emperador Zenón que Cristo había dicho a Pedro: "Super ista confessiono, aedificabo Ecclesiam" (Sobre esta confesión edificaré mi Iglesia) De Incarnat., cap. 4.
San Agustín
, en un comentario sobre la primera epístola de S. Juan, dice: "¿Qué significan las palabras "Edificaré mi Iglesia sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre eso que me dices: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios vivo" El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre san Pedro, que predicaba a su grey en su sermón XIII: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido diciendo: "Tú eres Cristo, el hijo del Dios vivo", edificaré mi Iglesia: Sobre mí mismo, que soy el hijo del Dios vivo, la edificaré, y no yo sobre ti." Nos permitimos citar, en la propia lengua en que escribió san Agustín, otra exégesis suya del debatido texto: «Super hanc petram quam confessus es aedificabo Ecclesiam meam. Pera enim erat Christus super quod fundamentum etiam ipse a edificatus est Petrus»
Nuestros críticos tratan de probar el "Magisterio infalible" de los obispos de Roma con citas de éstos mismos, y de otros padres de la Iglesia, en las cuales se refieren con especial respeto al obispo de Roma como sucesor de san Pedro. Que esta tradición se extendió por la Iglesia a partir del siglo II (solo como respeto especial, y no como primacía jerárquica) lo reconocemos y así lo advertimos ya a nuestros lectores; y que fue objeto de especial respeto por sus compañeros de otras ciudades, también lo reconocemos; pero lo cierto es que también fue opuesto y contradicho en algunas ocasiones por obispos y padres muy notables de la cristiandad primitiva; y es imposible que ello hubiese ocurrido si, efectivamente, la primacía y la infalibilidad le hubiesen sido otorgadas al obispo romano por el apóstol san Pedro; si hubiese sido, no una sugerencia o un deseo de tiempos posteriores, sino dogma de fe desde los mismos tiempos apostólicos, como lo eran, por ejemplo, la muerte redentora de Cristo, la Resurrección, la Ascensión, la segunda venida, los milagros del Señor o tantas otras cosas claramente enseñadas por los apóstoles desde el principio.
Para que el lector se dé cuenta de lo complicado que es ir tras la tradición de los padres de la Iglesia, y tratar de asentar nuestra fe sobre la tradición, les diremos que un antiguo escritor francés, el sacerdote católico reverendo padre Launoy, tratando precisamente de establecer su tesis del primado de san Pedro, pero obligado a confesar la verdad acerca de las encontradas opiniones patrísticas, tuvo que declarar haber encontrado lo siguiente:
Citas de padres de la Iglesia en favor de que Pedro es la roca: diecisiete.
Citas de padres de la Iglesia declarando que la roca es la fe confesada por Pedro: cuarenta y cuatro.
Citas declarando que la roca es Cristo mismo: dieciséis.
Citas que expresan que la roca fundamental de la Iglesia es la fe de todos los apóstoles: ocho
IV. Los primeros obispos de Roma no fueron papas, ni pretendieron ser infalibles; y muchos de los que después se arrojaron el título, ni fueron santos, ni infalibles, ni siquiera verdaderos obispos de la Iglesia de Dios.
Tenemos muchas pruebas de que los primeros obispos de Roma no pretendieron el papado para sí mismos, aun cuando el hecho de ser obispos en la Sede del Imperio Romano les confería cierta dignidad y respeto de parte de los demás obispos de la cristiandad.
Esto demuestran las mismas pastorales de los primeros obispos romanos, tales como la carta de Clemente a los corintios, en la cual no aparece ninguna pretensión de poder o dominio sobre los demás obispos.
He aquí el preámbulo y dos fragmentos de la referida carta, que prueban el carácter cristiano evangélico de aquel a quien los católicos llaman tercer papa: "La Iglesia de Dios que mora en Roma como extranjera, a la Iglesia de Dios que mora como extranjera en Corinto; a los electos santificados en la voluntad de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: sean cumplidas en vosotros la gracia y la paz de parte de Dios omnipotente por medio de Jesucristo" Obsérvese que la carta no es de un "Papa", sino de una iglesia a otra hermana. ¡Cuán diferente de las encíclicas redactadas en siglos posteriores, tras la invención del papado!
Y en el cap. 32 declara: "Todos fueron honrados, todos ensalzados, no por sí mismos, ni por sus obras y santas oraciones, sino por la voluntad de El. Pues también nosotros, escogidos por la voluntad de El en Cristo Jesús, no nos justificamos por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia o piedad, ni por las obras que hayamos realizado en santidad de corazón, sino por la fe, con la cual el todopoderoso Dios ha justificado a todos, desde el principio. A El sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (De El primer siglo cristiano, por Ignacio Errandonea S.I. Editorial Escelicer. Carta de san Clemente a los Corintios, págs. 33, 37 y 50.)
Cuando empezó a debatirse la cuestión de la dignidad de los patriarcas u obispos de las grandes capitales del Imperio, Teodosio II hizo una ley por la cual estableció que el patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. Los padres del concilio de Calcedonia colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aun en las eclesiásticas.
El VI concilio de Cartago
prohibió a todos los obispos se abrogasen el titulo de obispo de los obispos, u Obispo Soberano.
Ni Teodosio, ni los padres de Calcedonia, ni los de Cartago se hubieran atrevido a atentar contra las prerrogativas del obispo de Roma, si éstas hubiesen sido de origen divino y reconocidas universalmente por la Iglesia desde el principio del cristianismo, en lugar de ser una cuestión de mera dignidad humana, como ellos lo entendieron.
Algunos años más tarde, Nilo, patriarca griego, escribía al obispo de Roma: "Si porque Pedro murió en Roma cuentas como grande la Sede Romana, Jerusalén sería mucho mayor habiéndose verificado allí la muerte vivificadora de nuestro Salvador"
Otro testimonio digno de interés son las palabras del propio san Gregorio I (Un "Papa" entre 590-604 d.C.) Habiendo querido el patriarca de Constantinopla adornarse con el titulo de "obispo universal", le escribió el de Roma: "Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar este título profano, porque cuando un patriarca se abroga a sí mismo el nombre de universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos" Y en sus cartas al emperador, dice: "Confiadamente afirmo que cualquiera que se llama Obispo Universal, es precursor del anticristo" Dirigiéndose al patriarca de Alejandría, Eulogio, escribe: "Os ruego que no me deis más este título... yo no deseo distinguirme por títulos, sino por virtudes. Además, no juzgo que sea un honor para mí lo que cause detrimento a la honra de mis hermanos. Mi honor es el de toda la Iglesia. Mi honor consiste en que mis hermanos no sufran en el suyo ningún detrimento. Yo recibo mayor honra cuando no se quita a nadie ningún honor... Déjense las palabras que alimentan la vanidad y hieren la caridad." (Ad Eulogium episcopum Alexandr.; ML 77, 933). Sea cual fuere el concepto que Gregorio el Grande tuviese acerca del primado de san Pedro y la sucesión apostólica del obispado de Roma, lo cierto es que debería ser bastante diferente del de los papas posteriores, pues ¿en qué sentido juzgaba que el título de obispo universal causaba detrimento a sus hermanos obispos de otras iglesias? Si era un título legítimo, y no una exageración, todos deberían concedérselo, y él mismo aceptarlo sin reparos.
Otra prueba concluyente de que los primeros obispos de Roma no eran reconocidos sino como obispos de especial dignidad, y no como pontífices infalibles de la Iglesia, lo prueba el hecho de que tantos concilios se celebrasen sin ser convocados ni presididos por ellos, frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma. ¿Quién ignora que el gran Osio, obispo de Córdoba, fue quien presidió el gran concilio ecuménico de Nicea, convocado por el emperador Constantino, y redactó sus cánones? El mismo Osio, presidiendo después el concilio de Sárdica, excluyó al enviado de Julio, obispo de Roma. ¿Se quiere mayor prueba de la independencia con que obraban los grandes cristianos del siglo IV con respecto al obispo de Roma?
La primera noticia que la Historia nos ofrece sobre disciplina eclesiástica de la Iglesia Cristiana en España es una negación de las pretensiones del pontífice romano. He aquí la auténtica historia:
Basílides y Marcial, obispos de León-Astorga y de Mérida, habían claudicado durante la persecución de Galo, apostatando públicamente del cristianismo en el año 254. Por esta y otras faltas fueron depuestos de sus cargos por sus iglesias. Una vez cesó la persecución, éstas nombraron para sustituirles a Sabino y Félix. Basilides se había mostrado arrepentido al principio, y aun había rogado que se le admitiese en la Iglesia como simple laico; pero cuando fueron nombrados sus sucesores, tanto él como Marcial rehusaron someterse; y Basílides marchó a Roma a referir el caso al obispo de la capital del Imperio, que se llamaba Esteban, quien abrazó su causa y escribió a las referidas iglesias para que admitiesen a sus antiguos pastores. Pero las iglesias, en lugar de obedecer la orden del patriarca de Roma, escribieron a otro patriarca, al gran Cipriano, obispo de Cartago. Este convocó un concilio de 36 obispos, y después de examinado el asunto aseguraron a las iglesias españolas que la destitución y nueva elección de pastores había sido hecha conforme a la costumbre de las iglesias cristianas y según la voluntad de Dios; que debían desatender la injerencia de Esteban, obispo de Roma, quien, sin duda, había sido mal informado por Basílides, y que tanto éste como Marcial sólo podían ser recibidos de nuevo en la Iglesia como penitentes.
¿Habríase atrevido a tomar esta decisión y a dar semejante consejo el piadosísimo san Cipriano si él creyera, como los católicos de hoy, que el obispo de Roma era el sucesor de san Pedro, elegido por Dios para gobernar la Iglesia?
Otra disputa de san Cipriano con el Obispo de Roma, Esteban, fue sobre la validez del bautismo practicado por los herejes gnósticos y otros.
A pesar de que el obispo cartaginés reconocía una autoridad jerárquica en el obispo de Roma, debido a la tradición ya extendida en la Iglesia de su tiempo sobre el pontificado de san Pedro y la sucesión apostólica, estaba muy lejos de considerar a su compañero de Roma como un jefe infalible al estilo de los católicos de nuestros días, cuando escribía a un cristiano llamado Pompeyo: "Te he enviado una copia de la respuesta que nuestro hermano Esteban (Obispo de Roma) ha dado a nuestra carta, al leer la cual te darás cuenta del error en que incurre al esforzarse en sostener la causa de los herejes en contra de la Iglesia de Dios; pues entre otras cosas insolentes, inconvenientes y contradictorios que ha escrito, temeraria e irreflexivamente, ha añadido ésta: Que si alguno viene a nosotros de la herejía, se siga la costumbre de la tradición, …" Ep. 74, Ad Pompeium
Y continúa replicando san Cipriano:
"¿De dónde viene la tradición? ¿Procede de la autoridad de Nuestro Señor y de los Evangelios? Dios testifica que debemos cumplir las cosas que están escritas; así lo declara en el libro de Josué: "El libro de esta ley nunca se apartará de tu boca, antes meditarás en ella de día y de noche, para que observes todos las cosas que están escritas..." ¿Qué hacemos cuando el agua de la cañería (se refiere aquí san Cipriano a la tradición) falla? Vamos a la fuente." Cf. Ad Pompeium
¿Qué les parece a nuestros lectores católicos? ¿Creía el padre de la Iglesia san Cipriano en la infalibilidad del obispo de Roma o no? Y así es el caso con otros padres, incluyendo al propio san Agustín.
Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Cristiana, siendo secretario del concilio de Melive, escribió, entre los decretos de esta venerable asamblea: "Todo fiel u obispo que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido a la comunión por ninguno en las Iglesias de Africa" Arguyen nuestros adversarios citando otras frases respetuosas de san Cipriano o san Agustín hacia el obispo de Roma. Por ejemplo: el documento redactado por el Concilio Norteafricano de Melive (s. V d.C.), dirigido a Inocencio, en el cual dice: "Hecho esto, Señor Hermano, hemos juzgado que se debía pedir a tu santa caridad que la autoridad de la Sede Apostólica se añadiese a lo estatuido por nuestra mediocridad, para proteger la salud de muchos y reprimir también la perversidad de algunos." (Véase E. Amann, Conciles de Mileve; ML 33, 762-4.) Nótese, empero, la autonomía con que obraban estos antiguos obispos, llamando al de Roma simplemente hermano y atreviéndose a establecer ellos mismos estatutos sobre los cuales no piden más que el visto bueno de su compañero de Roma. Es innegable que aquí hay un respeto, pero no sujeción absoluta; y por la independencia con que obran en los asuntos eclesiásticos, es bien de suponer que de haber vivido estos grandes hombres, no en el siglo IV, cuando había en la supuesta cátedra de san Pedro obispos virtuosos, sino en el siglo XV, ante la terrible corrupción que existía en el centro orgánico de la cristiandad occidental, se habrían adelantado a Lutero en la proclamación de una Reforma religiosa y de independencia de la autoridad papas.
Que estos padres del siglo IV reconocieron, con todo, una autoridad jerárquica al obispo de Roma es cosa innegable, pero no le atribuían infalibilidad, cuando disputaban con él u obraban con una independencia que escandalizaría hoy a cualquier católico.
Sin embargo, todo el edificio del sistema católico romano descansa sobre la infalibilidad papal. Autoridad jerárquica la reconocen también los cristianos evangélicos de cada grupo en los presidentes de Convenciones, Sínodos u otras agrupaciones eclesiásticas: ya que ello es muy útil para el desarrollo de la obra y las relaciones de unas iglesias con otras. Pero infalibilidad, solamente en Cristo y los escritos de sus inmediatos testigos: Los apóstoles.
De este modo puede el cristianismo evangélico desarrollarse, renovándose constantemente, como ocurre con la misma naturaleza. En virtud de la vida divina que el Espíritu Santo imparte en las almas, los mismos fieles se multiplican en iglesias y organizaciones diversas que rivalizan mutuamente en el propósito de ser más y más leales a su común Señor; poniendo más énfasis unos grupos en un detalle; otros en otro, y oponiéndose a las corrientes de error, por alta que sea su procedencia."
El católico romano, en cambio, no puede sino acatar y aceptar lo que viene de arriba, por mucho que repugne a su conciencia o a su corazón. El estancamiento espiritual y la cauterización de la conciencia es el resultado inevitable de tal sistema.
El papado a través de la Historia
Que los papas de Roma no han sido nunca infalibles se prueba abundantemente por la Historia.
Para ello no necesitamos citar a los que, como Esteban V y Formoso I, no se perdonaban ni en la muerte, anatematizando y excomulgando el cadáver del antecesor; ni a los que, como Benito IX, Juan XX y Gregorio VI, compraban y vendían la silla papal por florines de oro; nuestro espacio no nos permite tampoco citar a todos los que, como Urbano VI, Clemente VII y Gregorio IX, se la disputaron con mutuas excomuniones; ni a los muchos que la ocuparon por la fuerza de las armas.
Tampoco nos entretendremos en relatar las historias inmorales y llenas de crímenes que relata el cardenal Baronio y otras autoridades de la Iglesia Católica, acerca de los Borgia, los Médicis, los Urbanos y Clementes, y otros "infalibles" de la lista papas, pues no lo permite el carácter de esta obrita; pero sí creemos que, de haber sido el plan del Salvador que un hombre le representara a través de los siglos en la tierra, hubiera escogido para ello a hombres virtuosos y abnegados, que no han faltado en la cristiandad, como san Bernardo, san Vicente de Paúl, san Francisco de Asís, san Juan de la Cruz, san Francisco Javier o el gran catalán Raimundo Lulio. Pero sucede todo lo contrario. Estos piadosos cristianos estaban al margen de la política eclesiástica, lamentando la corrupción de la Iglesia y procurando, en vano, interesar a magnates y prelados en sus ideales verdaderamente cristianos.
Verdadero origen del papado
Sentimos tener que decirlo una vez más, pues no quisiéramos herir los sentimientos de los fieles católicos que se imaginan algo tan diferente, ni tratar con menosprecio a algunos papas buenos que han existido; pero el verdadero origen del papado no radica ni en Cristo ni en el apóstol san Pedro, sino que, como tantos otros dogmas expuestos anteriormente, tiene como causa originaria las costumbres y prácticas del paganismo.
A este propósito dice el doctor Hislop: "El colegio de los cardenales, con el papa por cabeza, es justamente la contraposición del colegio pagano de los pontífices, con su Pontifex Maximus, o sea "Soberano Pontífice", que habla existido en Roma desde los tiempos más remotos, y del cual se sabe que fue constituido según el modelo del gran concilio primitivo de los pontífices de Babilonia." Las dos Babilonias, pág. 340.
Las dos llaves que el escudo Papal ostenta son una exacta imitación de las llaves de Jano y Cibeles. Jano fue el dios de las puertas y goznes; y era llamado Patulcius y Clusius, "el que abre y cierra".
El término "cardenal" proviene de cardo, o sea gozne. Afirmaba que esos dioses tenían "Jus vetendi et cardinis", esto es: el poder de dar vuelta a los goznes, o sea abrir y cerrar.
El emperador romano era considerado Pontifex Maximus del paganismo, y como tal tenía que ser adorado. Miles de mártires cristianos dieron su vida por negar adoración a la imagen del Pontifex Maximus de la religión oficial del Imperio Romano.
Los emperadores persas y egipcios pretendían lo mismo, y a todos ellos se les consideraba infalibles, por ser "participantes de la naturaleza de los dioses" De ahí que sus leyes no podían ser mudadas. Wilkinson dice que el rey de Egipto, como Soberano Pontífice, "era reverenciado como representante de la divinidad en la tierra" Wilkinson, Los egipcios, tomo 2, pág. 68
Gausen, citando a Estrabón y Herodoto, dice que a los reyes de Caldea se les besaban los pies.
Aun el detalle de los abanicos de plumas de pavo real, que acompañan la silla gestatoria del papa, parecen copiados de los Pontifex Maximus del mundo gentil.
Es inconcebible cómo tales atributos y tratamientos han llegado a ser aplicados a obispos o pastores de la Iglesia cristiana de Roma, la cual tuvo en su origen hombres tan evangélicos y humildes como Clemente, sin que su bondad les hiciera infalibles, como lo prueba ese obispo romano en su ilustración del ave fénix. Leyenda pagana que cita como un hecho real. Y si no fueron infalibles ellos, que vivieron tan cerca de la fuente de la revelación cristiana, ¿cómo pueden pretender serlo sus sucesores, tantos siglos después?

¿Es indispensable el papado en la Iglesia?
Dicen los católicos: Si en cualquier industria o asociación humana es indispensable una jefatura suprema, ¿cuánto más necesario no es en la Iglesia, sociedad espiritual? ¿Podía Dios dejar al juicio privado de cada uno las normas de fe y conducta que los cristianos deben seguir? ¿Y no era indispensable que el jefe de la Iglesia fuese infalible para que, sin peligro de errar, pudiera guiar a todos los fieles por la senda de la verdad, a través de todos los tiempos?
A esto respondemos que nuestra fe no puede basarse sobre subjuntivos, sino sobre términos presentes y seguros. No se trata de lo que debería ser o sería deseable que fuese, sino lo que es. Hay muchas cosas en el orden de la naturaleza que nos parece debieran ser diferentes de lo que son; sin embargo, debemos aceptar la sabiduría de Dios como superior a la nuestra en aquellas cosas que no comprendemos.
Si hubiera evidencias en la Biblia y en la Historia, de la existencia de un papado infalible, ningún empeño tendríamos en negarlo. Pero ¿las hay? Ya hemos visto cuán difícil es conceder el atributo de infalibilidad a aquellos monstruos de maldad que ocuparon la silla de Roma en la Edad Media. Y en cuanto a los mejores papas que han existido, la presunción de infalibilidad queda descartada al ver cómo se han equivocado a cada momento al dar su apoyo a causas políticas en las que nunca debieran haber tomado parte; o al dar su bendición a aquello que Dios no quería bendecir; y su maldición a aquellos a quienes Dios ha tenido a bien prosperar de un modo admirable.
Todavía es menos admisible que dos "infalibles" se contradigan entre sí; y, sin embargo, cuántas veces le ha faltado tiempo a un papa para deshacer la obra de su predecesor; y ello no solamente en los asuntos humanos, sino en otros de orden tan religioso y dogmático como los siguientes:
Gregorio I (578 a 590) llama anticristo a cualquiera que se diese el nombre de obispo universal; y Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador Focas a concederle dicho titulo.
Eugenio IV (1431 a 1438) aprobó la restitución del cáliz a la iglesia de Bohemia; y Pío II (1458) revocó la concesión.
Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó su lectura; mas Pío VII condenó a todo aquel que se atreviese a leer la Biblia por sí mismo.
Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la Compañía de los jesuitas, autorizada por Paulo M; y Pío VII la restableció.
Podríamos hacer esta lista casi interminable, pero ¿para qué?
Estamos persuadidos de que si nuestro Señor Jesucristo hubiese juzgado necesario tener un representante visible en la tierra lo hubiera expresado de un modo que no dejara lugar a dudas; como nos declaró, por ejemplo, el secreto de su segunda venida, la ruina de Jerusalén o la extensión del Evangelio a todos los países del mundo. Luego, habría hecho que hombres verdaderamente santos e infalibles ocuparan siempre tan alto sitial. Cuando así no ha sido, es porque se reservaba a sí mismo, por su Santo Espíritu, la dirección de la Iglesia.
Indudablemente, Dios quiere, en esta época de prueba para el mundo, que andemos por fe; y un papado infalible hubiera requerido un milagro constante, incompatible con el régimen que el mismo Señor Jesucristo preconizó al incrédulo Tomás, diciéndole: "Bienaventurados los que creerán sin ver" Se ha dicho, con razón, que un papa verdaderamente infalible se habría hecho tan evidente en un mundo de hombres falibles que no habría ningún ateo, pagano o protestante capaz de negar su autoridad.
El genuino cristianismo evangélico no se crea ídolos humanos ni se forja ilusiones de privilegios que la realidad desmiente. Creemos que no debe ser indispensable un jefe infalible para la Iglesia cuando Dios no nos lo dio. El Dios que ha puesto una inmensa variedad en la naturaleza, y que nos ha ocultado por un tiempo sus secretos para que los hombres los vayan descubriendo por sí mismos, quiere también, en el dominio espiritual, que los hombres anden por sí mismos, usando su buen sentido para interpretar los escritos inspirados que nos dejaron sus santos apóstoles y profetas. Estos escritos no son, en modo alguno, oscuros ni propensos a hacer errar en todo aquello que es indispensable y básico para nuestra fe.
Ventajas y peligros del sistema romano
Que el reconocimiento de una autoridad jerárquica, tan bien organizada como la posee la Iglesia Católica Romana, puede tener ciertas ventajas para una gran iglesia en el aspecto material no vamos a negarlo; pero tiene también muchas desventajas, sobre todo en los dos aspectos siguientes:
1º Mata el estímulo para la búsqueda de la verdad y de la voluntad de Dios, según la tenemos revelada en la Sagrada Escritura. La filosofía religiosa no tiene ninguna razón de ser si un representante de Dios en la tierra puede declarar el pensamiento divino en todos los asuntos de fe. Los grandes filósofos del cristianismo podían ahorrarse el trabajo de pensar y de escribir si, mientras ellos trataban de hilvanar lógicamente los misterios de la religión, un hombre inspirado, desde la silla romana, podía declararles la verdad sin error posible. La misma ciencia debe andar con mucho cuidado para no chocar con semejante atributo del supuesto representante de Cristo en la tierra.
El papa no fue declarado infalible hasta el año 1870; pero como quiera que el espíritu que se plasmó en la declaración del dogma existía desde mucho antes, ello dio lugar a errores como el de la condenación de Galileo, que los apologistas católicos se ven apurados para justificar.
Es tan fuerte el compromiso en que se encuentra hoy día el catolicismo romano para salvar el dogma de la infalibilidad, que ya empieza a tambalear, sobre todo desde el Concilio. El Nuevo Catecismo Holandés afirma que "el papa sólo puede declarar lo que la Iglesia Universal cree"; expresión muy ambigua, pero que difiere mucho del tono con que hasta ahora se había venido hablado del papado.
El obispo misionero holandés F. Simons, en su libro Infalibilidad y evidencia (traducido y publicado en Barcelona en 1970), niega rotundamente la infalibilidad, tanto del papa como de la Iglesia, asegurando que sólo la Palabra de Dios es infalible, y que la prerrogativa de la Iglesia no es infalibilidad, sino fidelidad.
El golpe más fuerte al papado lo ha dado, empero, más recientemente, el jesuita español José María Diez Alegría en un libro publicado en Bilbao que lleva por título Creo en la Esperanza, el credo que ha dado sentido a mi vida, en el cual el conocido profesor de la Universidad Gregoriana de Roma afirma: "Respecto al magisterio pontificio es necesaria una rigurosa desmitificaci6n. Este magisterio ordinario -escribe- no tiene ninguna infalibilidad. Se puede equivocar y se equivoca frecuentemente" Y añade más adelante: "Que el sucesor de Pedro el pescador, llamado, a partir del medievo, Vicario de Cristo, posea un capital de 500 a 1.000 mirones de dólares, es una cosa degradante e inquietante"
Creemos que ningún protestante podría hablar, en nuestro siglo, en términos más fuertes.
2º Coarta la iniciativa individual en el trabajo cristiano. El sacerdote católico trabaja siempre bajo el temor de merecer la censura de su obispo aun en aquello realizado con la mejor intención; y éste no se siente menos acobardado ante la autoridad superior en sus mejores propósitos y empresas.
El cristianismo evangélico trabaja con mucha más libertad, y su diversidad le sirve de estímulo y de emulación para toda clase de labor cristiana. En estos últimos tiempos se está formando en las iglesias evangélicas una corriente, cada vez más fuerte, que tiende a fomentar una unidad cristiana que no ponga ataduras al pensamiento religioso y armonice el trabajo misionero.
Este mismo ideal de armonía, dentro de la más amplia libertad cristiana, es lo que encontramos en la simple y autónoma organización eclesiástica de las iglesias apostólicas y en la ejecución de sus empresas misioneras. Y en estas iglesias apostólicas y sus sucedáneas no encontramos una organización clerical tan fuerte como en la romana, y mucho menos, como ya hemos demostrado, vestigio alguno de un papado infalible.

El mal no existe

Alemania

Inicio del siglo 20

Durante una conferencia con varios universitarios, un profesor de la Universidad de Berlín...

… propuso un desafío a sus alumnos

con la siguiente pregunta:

“¿Dios creó todo lo que existe?"

Un alumno respondió, valientemente:

Si, Él creó

¿Dios realmente creó todo lo que existe?

Preguntó nuevamente el maestro.

Si señor, respondió el joven

El profesor respondió: “Si Dios creó todo lo que existe, ¡entonces Dios hizo el mal, ya que el mal existe! Y si establecemos que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, ¡entonces Dios es malo!!"

El joven se calló frente a la respuesta del maestro, que feliz, se regocijaba de haber probado, una vez más, que la fe era un mito

El muchacho respondió: "En realidad, señor, el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en verdad es la ausencia de calor. Todo cuerpo o objeto es factible de estudio cuando posee o transmite energía; el calor es lo que hace que este cuerpo tenga o transmita energía

El cero absoluto es la ausencia total de calor; todos los cuerpos quedan inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Nosotros creamos esa definición para describir de que manera nos sentimos cuando no tenemos calor

Y, ¿existe la oscuridad? Continuó el estudiante.

El profesor respondió:

Existe.

El estudiante respondió:

La oscuridad tampoco existe.

La oscuridad, en realidad, es la ausencia de luz.

“La luz la podemos estudiar,

¡la oscuridad, no!

A través del prisma de Nichols, se puede descomponer la luz blanca en sus varios colores, con sus diferentes longitudes de ondas.

¡La oscuridad, no

“¿Como se puede saber qué tan oscuro está un espacio determinado?

Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio.”

“La oscuridad es una definición utilizada por el hombre para describir qué ocurre cuando hay ausencia de luz.”

Finalmente, el joven preguntó al profesor:

Señor, ¿EL MAL EXISTE?

El profesor respondió: Como afirmé al inicio, vemos estupros, crímenes, violencia en todo el mundo. Esas cosas son del mal

El estudiante respondió:

“El mal no existe, Señor, o por lo menos no existe por sí mismo. El mal es simplemente la ausencia del bien…

De conformidad con los anteriores casos, el mal es una definición que el hombre inventó para describir la ausencia de Dios.”

Dios no creó el mal.

… El mal es el resultado de la ausencia de Dios en el corazón de los seres humanos.

Es igual a lo que ocurre con el frío cuando no hay calor, o con la oscuridad cuando no hay luz.

El joven fue aplaudido de pié, y el maestro, moviendo la cabeza,

permaneció en silencio

El director de la Universidad,

se dirigió al joven estudiante y le preguntó:

¿Cuál es tu nombre?

Me llamo, ALBERT EINSTEIN.

Que hacer cada vez que veamos a alguien enfermo y sufriendo.

Hola Devi… el poder que hace algunos miles de años tenia el sanscrito o el senzar se ha perdido porque se ha perdido la conexión con esas palabras, con les devas que respondían a esos sonidos creadores.

Para los que hablamos un idioma determinado, para los que vibramos en español o en chino, lo mejor, lo que no ofrece resistencia en nuestra mente, es usar nuestro propio idioma…

Podriamos decir simplemente “que mis deseos de sanación llegan ante tu bendito ser y restablezcan la salud de tus cuerpos… o algo similar… LA ENERGIA SIGUE AL PENSAMIENTO y los devas se encargan de enviarla a su destino.

Om tat sat qui ai… o lo que significa, solo el SER, ES… para nosotros, es mas fácil el castellano y significa lo mismo ¿no?

EL FLORERO DE PORCELANA

 

El maestro de novicios de un monasterio reunió a sus alumnos para la lección de hoy. 
- Voy a presentarles un problema - dijo el Maestro- a ver quién es el más habilidoso entre ustedes.  Terminado su corto discurso, colocó un banquito en el centro de la sala. Encima, puso un florero de porcelana, seguramente carísimo, con una rosa roja que lo decoraba.
- Este es el problema - dice el Maestro -resuélvanlo- .
Los novicios contemplaron perplejos el "problema", por lo que veían los diseños sofisticados y raros de la porcelana, la frescura y la elegancia de la flor. ¿Qué representaba aquello? ¿Qué hacer? ¿Cuál sería el enigma?

Pasó el tiempo sin que nadie atinase a hacer nada salvo contemplar el "problema", hasta que uno de los novicios se levantó, miró al maestro y a los alumnos, caminó resolutamente hasta el florero y lo tiró al suelo, destruyéndolo.
- ¡¡Al fin alguien que lo hizo !! - exclamó el Maestro- Empezaba a dudar de la formación que les estamos proporcionando este año !! .
Al volver a su lugar el alumno, el Maestro explicó:
- Yo fui bien claro: dije que ustedes estaban delante de un "problema". No importa cuán bello y fascinante sea un problema, tiene que ser eliminado. Un problema es un problema; puede ser un florero de porcelana muy caro, un lindo amor que ya no tiene sentido, un camino que precisa ser abandonado, por más que insistimos en recorrerlo porque nos trae confort... "

Solo existe una manera de lidiar con un problema: atacándolo de frente. En esas horas, no se puede tener piedad, ni ser tentado por el lado fascinante que cualquier conflicto acarrea consigo. Recuerden que un problema, es un problema. No tiene caso tratar de "acomodarlo" y darle vueltas, si al fin y al cabo ya no es otra cosa más que "un problema". Déjalo, hazlo a un lado y continúa disfrutando de lo hermoso y lo que vale la pena en la vida. No huyas de él... acaba con él.

CUANDO QUIERO ALGO, ME LO PIDO A MI MISMA

La Abuela Margarita, curandera y guardiana de la tradición maya, se crió con su bisabuela, que era

curandera y milagrera. Practica y conoce los círculos de danza del sol, de la tierra, de la luna y la

búsqueda de visión. Pertenece al consejo de ancianos indígenas y se dedica a sembrar salud y

conocimiento a cambio de la alegría que le produce hacerlo, porque para sustentarse sigue cultivando

la tierra.

Cuando viaja en avión y las azafatas le dan un nuevo vaso de plástico, ella se aferra al primero: "No

joven, que esto va a parar a la Madre Tierra". Rezuma sabiduría y poder, es algo que se percibe con

nitidez. Sus rituales, como gritarle a la tierra el nombre del recién nacido para que reconozca y proteja

su fruto, son explosiones de energía que hace bien al que lo presencia; y cuando te mira a los ojos y te

dice que somos sagrados, algo profundo se agita.

Ella nos dice: 'Tengo 71 años. Nací en el campo, en el estado de Jalisco (México), y vivo en la montaña.

Soy viuda, tengo dos hijas y dos nietos de mis hijas, pero tengo miles con los que he podido aprender el

amor sin apego. Nuestro origen es la Madre Tierra y el Padre Sol. He venido a la Fira de la Terra para

recordarles lo que hay dentro de cada uno.'

- ¿Dónde vamos tras esta vida?
- ¡Uy hija mía, al disfrute! La muerte no existe. Las muerte simplemente es dejar el cuerpo físico, si quieres.

- ¿Cómo que si quieres...?
- Te lo puedes llevar. Mi bisabuela era chichimeca, me crié con ella hasta los 14 años, era una mujer

prodigiosa, una curandera, mágica, milagrosa. Aprendí mucho de ella.

- Ya se la ve a usted sabia, abuela.
- El poder del cosmos, de la tierra y del gran espíritu está ahí para todos, basta tomarlo. Los curanderos

valoramos y queremos mucho los cuatro elementos (fuego, agua, aire y tierra), los llamamos abuelos.

La cuestión es que estaba una vez en España cuidando de un fuego, y nos pusimos a charlar.

- ¿Con quién?
- Con el fuego. "Yo estoy en ti", me dijo. "Ya lo sé", respondí. "Cuando decidas morir retornarás al espíritu,

¿por qué no te llevas el cuerpo?" me dijo "¿Cómo lo hago?", le pregunté.

- Interesante conversación...
- "Todo tu cuerpo está lleno de fuego y también de espíritu -me dijo-, ocupamos el cien por cien dentro de

ti. El aire son tus maneras de pensar y ascienden si eres ligero. De agua tenemos más del 80%, que son los sentimientos y se evaporan. Y tierra somos menos del 20% ¿qué te cuesta cargar con eso?".

- ¿Y para qué quieres el cuerpo?
- Pues para disfrutar, porque mantienes los cinco sentidos y ya no sufres apegos. Ahora mismo están aquí

con nosotras los espíritus de mi marido y de mi hija.

- Hola.
- El muertito más reciente de mi familia es mi suegro, que se fue con más de 90 años. Tres meses antes de

morir decidió el día. "Si se me olvida -nos dijo-, me lo recuerdan". Llegó el día y se lo recordamos. Se bañó,

se puso ropa nueva y nos dijo: - "Ahora me voy a descansar". Se tumbó en la cama y murió. Eso mismo le

puedo contar de mi bisabuela, de mis padres, de mis tías...

- Y usted, abuela, ¿cómo quiere morir?
- Como mi maestro Martínez Paredes, un maya poderoso. Se fue a la montaña: "Al anochecer vengan a por

mi cuerpo". Se le oyó cantar todo el día y cuando fueron a buscarle, la tierra estaba llena de pisaditas. Así

quiero yo morirme, danzando y cantando. ¿Sabe lo que hizo mi papá?

- ¿Qué hizo?
- Una semana antes de morir se fue a recoger sus pasos. Recorrió los lugares que amaba y a la gente que

amaba y se dio el lujo de despedirse. La muerte no es muerte, es el miedo que tenemos al cambio. Mi hija

me está diciendo: "Habla de mí", así que le voy a hablar de ella.

- Su hija, ¿también decidió morir?
- Sí. Hay mucha juventud que no puede realizarse, y nadie quiere vivir sin sentido.

- ¿Qué merece la pena?
- Cuando miras a los ojos y dejas entrar al otro en ti y tú entras en el otro y te haces uno. Esa relación de

amor es para siempre, ahí no hay hastío. Debemos entender que somos seres sagrados, que la Tierra es

nuestra Madre y el Sol nuestro Padre. Hasta hace bien poquito los huicholes no aceptaban escrituras de

propiedad de la tierra. "¿Cómo voy a ser propietario de la Madre Tierra?", decían.

- Aquí la tierra se explota, no se venera.
- ¡La felicidad es tan sencilla!, consiste en respetar lo que somos, y somos tierra, cosmos y gran espíritu.

Y cuando hablamos de la madre tierra, también hablamos de la mujer que debe ocupar su lugar de educadora.

- ¿Cuál es la misión de la mujer?
- Enseñar al hombre a amar. Cuando aprendan, tendrán otra manera de comportarse con la mujer y con

la madre tierra. Debemos ver nuestro cuerpo como sagrado y saber que el sexo es un acto sagrado, esa es la

manera de que sea dulce y nos llene de sentido.  La vida llega a través de ese acto de amor. Si vanalizas eso,

¿qué te queda? Devolverle el poder sagrado a la sexualidad cambia nuestra actitud ante la vida.

Cuando la mente se une al corazón todo es posible. Yo quiero decirle algo a todo el mundo...

- ¿...?
- Que pueden usar el poder del Gran Espíritu en el momento que quieran. Cuando entiendes quién eres, tus pensamientos se hacen realidad. Yo, cuando necesito algo, me lo pido a mí misma. Y funciona.

- Hay muchos creyentes que ruegan a Dios y Dios no les concede.
- Porque una cosa es ser limosnero y otra, ordenarte a ti mismo, saber qué es lo que necesitas. Muchos

creyentes se han vuelto dependientes y el espíritu es totalmente libre;eso hay que asumirlo.Nos han enseñado

a adorar imágenes en lugar de adorarnos a nosotros mismos y entre nosotros.

- Mientras no te empaches de ti mismo.
- Debemos sutilizar nuestra sombra, ser más ligeros, afinar las capacidades, entender. Entonces es fácil curar,

tener telepatía y comunicarse con los otros, las plantas, los animales. Si decides vivir todas tus capacidades

para hacer el bien, la vida es deleite.

- ¿Desde cuándo lo sabe?
- Momentos antes de morir mi hija me dijo: "Mamá, carga tu sagrada pipa, tienes que compartir tu sabiduría y

vas a viajar mucho. No temas, yo te acompañaré". Yo vi con mucho asombro como ella se incorporaba al

cosmos. Experimenté que la muerte no existe. El horizonte se amplió y las percepciones perdieron los límites,

por eso ahora puedo verla y escucharla, ¿lo cree posible?

- Sí.
- Mis antepasados nos dejaron a los abuelos la custodia del conocimiento: "Llegará el día en que se volverá a compartir en círculos abiertos".

Creo que ese tiempo ha llegado.

A LOS QUE LLORAN LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

To Those Who Mourn
Adyar Pamphlet Nro. 141
TPH, Adyar
C.W. Leadbeater
Digitalizado por Biblioteca Upasika 2003

Hermano: has perdido, por la muerte, a uno a quien amabas
entrañablemente, uno que quizás era para ti todo en el mundo; y por
consiguiente, a ti te parece aquel mundo vacío, y que la vida ya no vale la
pena. Sientes que te abandonó para siempre la alegría; que para ti, en
adelante, la existencia no puede ser sino tristeza sin esperanza; un angustioso
anhelo para renovar el “contacto de una mano desaparecida, y el timbre de una
voz que se extinguió ”. Estás pensando principalmente acerca de ti mismo y de
tu intolerable pérdida; pero hay además otro dolor. Se agrava tu pesar por la
incertidumbre respecto al estado actual del ser que amaste; sientes que se ha
ido pero ignoras a dónde. Deseas fervorosamente que él esté bien, mas,
cuando levantas los ojos, todo lo encuentras vacío; cuando llamas, no hay
respuesta; y, por consiguiente, te sumerges en la desesperación y la duda, y
formas una nube que te vela el Sol que jamás se oculta.
Tu sentimiento es completamente natural; yo, que escribo, lo comprendo
perfectamente, y mi corazón está lleno de simpatía para todos los afligidos
como tú. Pero deseo hacer algo más que brindarte simpatía; confío en que
pueda aportarte ayuda y alivio. Tal ayuda y alivio han llegado a miles que
estuvieron en tu mismo triste caso. ¡por qué no han de poder llegar a ti
también?
Dices: ¿cómo puede haber alivio ni esperanza para mí?
Existe la esperanza de alivio para ti porque tu pesar se funda en un falso
concepto: te afliges por algo que realmente no ha sucedido. Cuando
comprendas los hechos dejarás de afligirte.
Contestas: mi pérdida es un hecho real. ¿cómo podrás ayudarme sin
devolverme al que murió?
Comprendo perfectamente tu sentimiento; sin embargo, ten un poco de
paciencia conmigo, y trata de asimilar tres principales premisas, las que me
propongo presentarte; primero meramente como afirmaciones generales, y
después en detalle convincente.
* * *
1° Tu pérdida es solamente un hecho aparente; es aparente sólo desde el
aspecto en que tú lo ves. Deseo llevarte a otro punto de vista. Tu desconsuelo
es el resultado de un gran engaño; de la ignorancia de las leyes de la
naturaleza; permíteme ayudarte en el camino hacia el conocimiento por medio
de la explicación de unas pocas y sencillas verdades las cuales podrás estudiar
más ampliamente y a voluntad.
2° Pierde todo desasosiego o incertidumbre respecto al estado del
ser que amas; porque la vida después de la muerte ya dejó de ser un misterio.
El mundo más allá de la tumba existe bajo las mismas leyes naturales propias
de éste que conocemos, y ha sido explorado con científica precisión.
3° No debes afligirte, porque tu desconsuelo hace daño a tu amado.
Con que sólo logres abrir tu mente a la verdad, ya no te afligirás más.
Pensarás, tal vez, que éstas son simples conjeturas; más permíteme
preguntarte: ¿qué base tienes para tu actual creencia al respecto, sea cual
fuere? Supones que debes tener tal creencia porque la enseña alguna Iglesia o

porque se la considera fundada en lo escrito en algún libro sagrado, o porque
es la creencia general de los que te rodean: la aceptada opinión de tu época.
Más si procuras librar tu mente de preceptos, verás que esas opiniones
también descansan en una mera afirmación, puesto que las Iglesias enseñan
dogmas distintos, y las palabras del libro sagrado pueden ser y han sido
interpretadas de diferentes maneras. El dogma aceptado de tu época, no se
basa en conocimiento exacto alguno; es sencillamente cosa de oídas. Estos
asuntos que nos afectan tan íntima y profundamente, son demasiado
trascendentales para basarlos en meras conjeturas o en vagas creencias:
exigen la certeza que se desprende de la investigación científica y la
clasificación. Ya se ha emprendido tal investigación, se ha efectuado tal
clasificación; y el resultado de una y otra es el que deseo poner ante tu vista.
No pido creencia ciega alguna; relato lo que yo mismo conozco como hechos
evidentes y te invito a examinarlos.
Consideremos una por una estas premisas. Para aclararte el asunto de la
constitución del hombre, debo decirte un poco más de lo que generalmente
conocen aquellos que no han hecho estudios especiales en la materias. Has
oído decir, vagamente, que el hombre posee un algo inmortal que se llama
alma, la cual se supone que sobrevive a la muerte del cuerpo. Quiero que
deseches esa vaguedad, y que comprendas que, aun siendo cierto el concepto,
es un aserto de los hechos muy restringido. No digas: “Considero que tengo
alma” son “Sé que soy alma”. Porque esa es la pura verdad; el hombre es un
alma, y tiene un cuerpo. El cuerpo no es el hombre. Lo que tú llamas la muerte
no es sino el acto de despojarse de una vestidura inservible, y esto no implica
el fin del hombre así como no implicaría el fin tuyo quitarte el sobretodo. Por
consiguiente, no has perdido a tu amigo: solamente has perdido de vista el
abrigo en el cual acostumbrabas verlo envuelto. El abrigo se fue, mas no el
hombre que lo vestía; seguramente, es el hombre lo que tú amabas, y no su
vestidura.
Antes de que puedas entender las condiciones de tu amigo, precisa que
comprendas la tuya. Haz un esfuerzo para asimilarte el hecho de que tú eres
un ser inmortal; inmortal, porque en esencia eres divino, porque eres una
chispa del mismo Fuego de dios; que has vivido por largas edades antes de
vestir este ropaje que llamas un cuerpo; y que vivirás por muchas edades
después que él se haya desecho en polvo. “Dios hizo al hombre a su imagen y
semejanza”. Esto no es una adivinanza o una creencia piadosa; es un hecho
científico definido, susceptible de prueba, como podrías verlo por medio de la
literatura sobre el particular, si te tomaras el trabajo de leerla.
Lo que has considerado como tu vida es en realidad un solo día de tu
verdadera vida como alma, cosa igualmente cierta respecto de tu amado, por
consiguiente él no está muerto; es únicamente su cuerpo lo que se desechó.
Sin embargo, no por esto debieras pensar de él como de un mer o aliento
sin cuerpo, o de manera alguna que sea menos él mismo de lo que antes era.
Como afirmó San Pablo hace mucho tiempo: “Hay un cuerpo natural, y hay un
cuerpo espiritual”. La gente entiende mal esa observación, porque considera
estos cuerpos como sucesivos, y no comprende que todos nosotros poseemos
el uno y el otro, aun ahora. Tú, que lees esto, posees tanto un cuerpo “natural”
o físico, el cual puedes ver, como otro cuerpo interno, que no puedes ver: el
que llamaba San Pablo “espiritual”. Y cuando desechas el físico, aún retienes
aquel otro y más fino vehículo, quedas revestido de tu “cuerpo espiritual”. Si

simbolizamos el cuerpo físico como un sobretodo o abrigo, podemos pensar de
este cuerpo espiritual como de la ropa interior que el hombre viste debajo de
esa vestidura externa.
Si esa idea ya se te aclara, avancemos otro paso. No es, solamente, en lo
que llamas la muerte donde desechas aquel sobretodo de materia densa; cada
noche, al dormir, te separas de él por un rato, y andas vagando por el mundo
en tu cuerpo espiritual, invisible, con respecto a este mundo denso, pero
claramente visible para aquellos amigos que estuvieran usando, a la vez, sus
cuerpos espirituales; porque cada cuerpo ve únicamente aquello que está en
su propio nivel. Tu cuerpo físico ve solamente otros cuerpos físicos; tu cuerpo
espiritual ve solamente otros cuerpos espirituales. Cuando vuelves a ponerte tu
sobretodo, es decir, cuando vuelves a tu cuerpo más denso, y despiertas a este
mundo inferior, suele suceder que tienes algún recuerdo, aunque generalmente
muy embrollado, de lo que has visto cuando estuviste en otra parte, y lo llamas
un sueño vívido. Por tanto, puede descubrirse el sueño como una especie de
muerte temporal, consistiendo la diferencia en que no te separas de tu
sobretodo de modo tan radical que quedes impedido de volver a ponértelo.
Queda igualmente demostrado que, cuando duermes, entras a la misma
condición por la cual ha pasado el ser amado por ti. Ahora procederé a
explicarte cuál es esa condición.
Han corrido muchas teorías respecto a la vida después de la muerte, casi
todas ellas basadas en falsas comprensiones de las antiguas escrituras. En un
tiempo se aceptaba, casi universalmente en Europa, el horrible dogma de lo
que se llamaba sempiterno castigo, ahora, ya nadie, fuera de los más
rematadamente ignorantes, cree en él. Fue basado en una mala traducción de
ciertas palabras atribuidas a Cristo, y mantenido por los monjes medievales
como un espantajo conveniente con qué asustar a las masas ignorantes para
que se portaran bien. A medida que el mundo avanzaba en la civilización,
empezaron los hombres a comprender que tal dogma era no sólo blasfemo,
sino ridículo. Los religiosos modernos lo han reemplazado, por consiguiente,
por sugestiones algo más sanas; pero generalmente vagas y enteramente
apartadas de la sencillez de la verdad. Todas las Iglesias han complicado sus
doctrinas, porque insistieron en empezar con el absurdo e infundado dogma de
una cruel e iracunda Deidad, la cual se complacía en hacer daño a su pueblo.
Ellas importaron esa espantosa doctrina del primitivo Judaísmo, en lugar de
aceptar la enseñanza del Cristo de que Dios es un Padre amoroso. La gente
que ha podido asimilarse el hecho fundamental de que Dios es Amor, y que Su
Universo se gobierna por medio de leyes sabias y eternas, ha empezado a
darse cuenta de que estas leyes deben obedecerse, tanto en el mundo de más
allá de la tumba como en éste. Pero aún son vagas tales creencias. Nos hablan
de un lejano Cielo, de un día del juicio en el rem oto porvenir; pero nos informan
poco respecto de lo que sucede aquí y ahora. Los que enseñan, ni pretenden
tener experiencia personal alguna de las condiciones que reinan después de la
muerte. No nos dicen lo que ellos mismos saben, sino solamente lo que han
oído de otros. ¿Cómo podrá satisfacernos eso?
La verdad es que ya pasó el día de la creencia ciega. Hemos llegado a la
era del conocimiento científico, y ya las ideas que carecen de razón y sentido
común son inaceptables. No existe razón alguna para que los métodos de la
ciencia no se apliquen a la elucidación de problemas que en otros días se
dejaban enteramente a la religión; en verdad, tales métodos se han aplicado

por la Sociedad Teológica y la “Sociedad para la Investigación Psíquica”; y es
el resultado de estas investigaciones, hechas con espíritu científico, el que
deseo expresarte ahora.
Somos espíritus; mas vivimos en un mundo material; un mundo que, sin
embargo, apenas comprendemos parcialmente. Todo el conocimiento que
acerca de él tenemos, nos llega por medio de nuestros sentidos; pero estos
sentidos son muy imperfectos. Podemos ver los objetos sólidos; usualmente
podemos ver los líquidos, salvo que estuvieran absolutamente claros; mas los
gases, en la mayoría de los casos, nos son invisibles. La investigación
demuestra que hay otras especies de materia mucho más imperceptibles que
los gases más tenues, a las cuales no responden nuestros sentidos físicos, de
modo que no podemos llegar a conocerlas por medios físicos. Sin embargo,
podemos llegar a relacionarnos con ellas; podemos investigarlas, pero
únicamente por medio de aquel “cuerpo espiritual” de que se hizo antes
referencia; porque aquel tiene sus sentidos así como éste los tiene. La mayoría
de los hombres no han aprendido a usarlos todavía, pero este poder puede
adquirirse por el hombre. Sabemos que esto puede ser, porque ha sido así
adquirido; y los que lo hayan logrado pueden percibir mucho de lo que se
oculta a la vista del hombre común. Aprenden que este mundo nuestro es
mucho más maravilloso de lo que jamás hubiéramos supuesto: que, aún
cuando los hombres hayan vivido en él por miles de años, la mayoría se quedó
totalmente ignorante de toda la parte más hermosa y superior de la vida. La
línea de investigación a que me refiero ha dado ya muchos resultados
maravillosos, y cada día nos ofrece nuevas perspectivas. Esta información
puede obtenerse en la literatura teológica de la cual nos interesa ahora
considerar una parte tan sólo, la del nuevo conocimiento que nos ofrece acerca
de la vida más allá de lo que llamamos muerte, y la condición de los que la
experimentan.
* * *
Lo Primero que aprendemos es que la muerte no es el fin de la vida, como
ignorantemente hemos presumido, sino meramente el paso de una etapa de
vida a otra. Ya he dicho que es como el quitarse un sobretodo; pero que,
después, el hombre se encuentra vestido con su acostumbrada ropa interior –el
cuerpo espiritual-. Pero que, aun cuando por ser tanto más fino, San Pablo lo
llamó el “espiritual”, es siempre un cuerpo, y por consiguiente, material, aunque
la materia de la cual se compone sea mucho más fina que cualquiera de las
conocidas comúnmente por nosotros. El cuerpo físico sirve al espíritu como
medio. Sin ese cuerpo como instrumento no le sería posible comunicarse con
este mundo, ni recibir impresiones de él. Vemos aquí que el cuerpo espiritual
sirve exactamente para el mismo propósito; el de actuar como intermediario del
espíritu con el mundo superior y espiritual. Pero este mundo espiritual no es
algo vago, lejano y fuera de alcance; es, sencillamente, una parte superior del
mundo que actualmente habitamos. Ni por un momento niego que hay otros
mundos mucho más elevados y más remotos; estoy afirmando tan sólo que lo
que comúnmente se llama muerte no tiene nada que ver con ellos, y que es
meramente un traspaso de una etapa o condición a otra, en este mundo que
todos conocemos. Puede decirse que el hombre que hace tal cambio se vuelve
invisible para ti; pero si lo piensas bien, verás que el hombre siempre te ha sido

invisible, que lo que acostumbras mirar era únicamente el cuerpo que él
habitaba. Ahora él habita otro cuerpo más delicado, el cual se encuentra más
allá de tu vista ordinaria; pero no necesariamente, de modo alguno, fuera de tu
alcance.
El primer punto por realizar es el de que, aquellos que llamamos los
muertos, no nos han dejado. Hemos sido educados en una creencia compleja,
la cual implica que cada muerte es un milagro separado y maravilloso, que
cuando el alma abandona el cuerpo se desvanece y entra, de alguna manera,
en un cielo más allá de las estrellas –sin indicación relativa al medio mecánico
de tránsito empleado para cruzar el aterrador espacio-. Los procesos de la
Naturaleza son, sin duda, maravillosos, y, para nosotros, a menudo
incomprensibles; pero jamás contrarían a la razón ni al sentido común. Cuando
te quitas tu sobretodo en tu casa, no por eso vuelas a la cumbre de una
montaña lejana; quedas parado exactamente donde estabas antes, aunque
puede ser que presentes una apariencia externa diferente. Precisamente, del
mismo modo, cuando un hombre deja su cuerpo físico, se queda exactamente
donde estaba antes. Es cierto que tú no lo ves ya, pero esto no implica que él
haya ido a otra parte, sino que el cuerpo que ahora usa es invisible a tus ojos
físicos .
Probablemente sabes que nuestros ojos no responden sino en proporción
muy pequeña a las vibraciones que existen en la Naturaleza, y por consiguiente
las únicas substancias que podemos ver son aquellas que pueden reflejar esas
especiales ondulaciones. La vista de tu “cuerpo espiritual” es igualmente
cuestión de respuesta a cierta clase de ondulaciones; pero estas son de orden
totalmente distinto de las físicas, proviniendo de un tipo de materia mucho más
fino. Todo esto, si te interesa, pueden encontrarlo detalladamente en la
literatura teosófica.
Por el momento, todo lo que nos concierne entender es que, por medio de
tu cuerpo físico, puedes ver y tocar el mundo físico únicamente, mientras que
por medio del “cuerpo espiritual” puedes ver y tocar las cosas del mundo
espiritual. Y recuerda que éste no es, en sentido alguno, otro mundo, sino
sencillamente una parte más refinada de este mundo. Una vez más te repito
que hay otros mundos, pero que no nos conciernen por ahora. El ser que tú
consideres ausente, en realidad aún está contigo. Cuando te hallas junto a él,
tu en el cuerpo físico y él en el vehículo espiritual, no están consciente de su
presencia porque no le puedes ver; mas, cuando tú dejas tu cuerpo físico
durante el sueño profundo, te juntas a él con plena y perfecta conciencia, y tu
unión con él es en todos sentidos tan completa como antes. De modo que,
durante el sueño, te hallas feliz cerca de aquel ser a quien amas; únicamente
durante las horas de vigilia es cuando sientes la separación.
Desgraciadamente, para la mayoría de nosotros existe un lapso entre la
conciencia física y la conciencia del cuerpo espiritual, de tal suerte que, aun
cuando en la última podemos recordar perfectamente la primera, muchos
encontramos imposible el traer a la vida de vigilia la memoria de lo que hace el
alma cuando, durante el sueño, está ausente del cuerpo físico. Si tal memoria
fuera perfecta para nosotros, no existiría, de verdad, la muerte. Algunos
hombres han alcanzado ya esta continuada conciencia, y todos la podrán
alcanzar gradualmente, porque es parte del desenvolvimiento natural de los
poderes el alma. En muchos, tal desenvolvimiento ha empezado ya, y a éstos
les llega fragmentos de memoria; pero hay una tendencia a calificarlos

meramente como sueños, y por lo tanto, sin valor, tendencia que prevalece
especialmente entre los que no han hecho estudio de los sueños y no
comprenden lo que realmente son. Más, aunque todavía sólo unos pocos
poseen vista y memoria plena, ay muchos que han podido sentir la presencia
de sus seres amados, aun sin poderlos ver, y hay otros que, aun sin memoria
definida, despiertan del reposo con una sensación de paz y bendición,
resultante de lo ocurrido en aquel mundo superior.
Recuerda siempre que este es el mundo inferior y aquél el superior, y que
en este caso, el mayor contiene en sí lo menor. En aquella conciencia
recuerdas perfectamente lo que sucede en ésta, porque a medida que te
transportas de ésta a aquella al sumirte en el sueño, estás desechando un
impedimento: el obstáculo del cuerpo inferior; mas al retornar a esta vida
inferior, asumes de nuevo esa carga, y al asumirla se te velan de nuevo las
facultades superiores y caes en el olvido. Síguese, pues como consecuencia,
que si deseas participar una noticia a un amigo difunto, no tienes más que
formularla con claridad en tu mente al dormir, con la resolución de decírsela, y
puedes tener la seguridad de hacerlo así en cuanto te encuentres con él.
Puede que a veces quieras consultarle sobre algún punto, y aquí el hueco entre
las dos formas de conciencia te impedirá generalmente traer una contestación
clara. Sin embargo, aunque no pudieras regresar con un recuerdo definido, a
menudo despertarás con una impresión bien determinada respecto a su deseo
y decisión, y por regla general, podrás suponer que tal impresión es verídica.
No obstante, debieras consultarlo lo menos posible, puesto que, como
veremos más adelante, es censurable molestar a los supuestos muertos, en su
mundo inferior, con asuntos que pertenecen al departamento de esta vida, del
cual ellos se han liberado.
Esto nos conduce a la consideración de la vida que llevan los muertos.
Existe en ella muchas y grandes variaciones; pero, cuando menos, es casi
siempre más dichosa que la vida terrestre. Así lo expresa una escritura antigua:
“Las almas de los justos quedan en poder de Dios, y ningún tormento las
tocará. A la vista de los ignorantes parece que murieron, lo que se toma, de
nuestro lado, como la destrucción total; pero ellas gozan de la paz”. Debemos
librarnos de teorías anticuadas; el muerto no salta repentinamente a un cielo
imposible ni tampoco cae en un infierno aún más imposible. En verdad, no
existe infierno alguno en el antiguo y malvado sentido de la palabra, y no hay
en ninguna parte, ni en ningún sentido, más infierno que el que el hombre se
fabrique para sí mismo.
Trata de comprender claramente que la muerte no cambia en absoluto al
hombre; que éste no se convierte súbitamente en un gran santo o un ángel, ni
tampoco se le dota repentinamente con toda la sabiduría de las edades; que
queda siendo exactamente el mismo hombre el día después de su muerte que
lo fuera el día antes, con las mismas emociones, la misma disposición, el
mismo desarrollo intelectual. La única diferencia consiste en haber perdido su
cuerpo fí sico.
Trata de comprender exactamente lo que eso significa:
Significa la libertad absoluta de poder sustraerse del dolor y la fatiga,
también la liberación de todos los deberes fastidiosos, entera libertad
(probablemente por la vez primera en su vida) para hacer exactamente lo que
le plazca. En la vida física el hombre se encuentra constantemente coartado; si
no constituye parte de la pequeña minoría con medios de vida independiente,

estará siempre obligado a trabajar para adquirir dinero, dinero que tiene que
poseer para poder comprar alimentos, vestido y abrigo para sí y para los que
dependen de él. En pocos casos excepcionales, tales como los de los artistas,
pintores y músicos, el trabajo del hombre es un goce; pero en la mayoría de los
casos es una forma de labor a la que nunca se dedicaría sino por necesidad.
En este mundo espiritual ya no hay necesidad de dinero, de alimento ni
abrigo, puesto que su gloria y su hermosura se brindan a todos sus habitantes
sin dinero ni precio. En su tenue materia, en el cuerpo espiritual, puede el ser
moverse en todas direcciones, como le plazca; si ama el arte, puede gastar
todo su tiempo en contemplar las obras magistrales de los hombres más
prominentes; si fuera músico, podría pasar de una a otra de las principales
orquestas del mundo, o gastar su tiempo en escuchar a los más célebres
ejecutantes. Cualquiera que haya sido su goce especial en la tierra, su gusto
favorito, puede dedicarse a él enteramente, y proseguirlo al extremo, con la
más amplia libertad, con tal que su goce sea el del intelecto o de las emociones
superiores, para gratificación del cual no necesita la posesión de un cuerpo
físico.
Así se verá, de una vez, que todo hombre razonable y de buenas
costumbres es infinitamente más feliz después de la muerte que antes, puesto
que tiene tiempo amplio, no sólo para el placer, sino para su progreso
realmente satisfactorio en las líneas que más le interesan.
¿No habrá, pues, en aquel mundo almas infelices? Sí, porque tal vida es
necesariamente una secuela de ésta, y el hombre queda en todos conceptos
tal cual era antes de abandonar su cuerpo. Si sus goces en este mundo fueron
bajos y groseros, se encontrará en aquel mundo sin poder gratificar tales
deseos. un borracho sufrirá deseos inextinguibles de beber, sin cuerpo ya con
el cual apaciguarlos; al glotón le harán falta los placeres de la mesa; el
avariento no encontrará oro que amontonar.
El hombre que se ha acostumbrado a ceder en la tierra a las pasiones
indignas sentirá que aún le corroen. La persona sensual aú n palpitará con
apetencias que ya no pueden ser satisfechas; el hombre celoso es aún
desgarrado por sus celos, tanto más, cuanto que ya no puede impedir los actos
de quien fue objeto de sus celos. Tales personas indudablemente sufren, -pero
únicamente esa clase de seres- únicamente aquellas cuyas tendencias y
pasiones fueron groseras y físicas en su naturaleza. Y aún ellas pueden
dominar en absoluto su propia suerte; con sólo vencer tales inclinaciones
inmediatamente se libran del sufrimiento que sus impuls os causan. Recuerda
siempre que no hay tal castigo; no hay más que el resultado natural de una
causa definida; de modo que sólo se necesita remover la causa y cesa el
efecto, no siempre inmediatamente, sino en cuanto la energía de la causa se
agota.
Hay muchas personas que habiendo evitado esos vicios notorios, han
vivido, sin embargo, lo que puede llamarse vidas mundanas, importándoles
principalmente, la sociedad y sus convencionalismos, y pensando únicamente
en el goce propio. Tales personas no pasan por sufrimiento agudo en el mundo
espiritual, pero muy a menudo lo consideran insípido y pesado. Pueden
juntarse con otras de su mismo tipo; pero, generalmente, encuentran en ellas
algo monótono, ya que no puede haber competencia ni en el vestir, ni en la
general ostentación; mientras que las personas del tipo mejor y más
inteligentes con quienes desean juntarse actúan, por regla general, de modo

distinto, y les son, por consiguiente casi inaccesibles. Pero, cualquier hombre
de intelectualidad racional, o de artísticos sentimientos, se encontrará
infinitamente más feliz fuera de su cuerpo físico que dentro de él; y debe
recordarse que es siempre posible que un hombre desarrolle en aquel mundo
un interés racional si su discernimiento lo impulsa a ello.
Los artistas e intelectuales son supremamente felices en esa vida nueva;
pero aún más felices, creo yo, lo son aquellos cuyo interés más elevado se ha
concentrado en la humanidad; aquellos cuyo goce mayor ha sido ayudar,
socorrer y enseñar. Porque, si bien ya no hay en aquel mundo ni pobreza, ni
hambre, ni sed, ni frío, hay, sin embargo, dolientes a quienes se puede
consolar; ignorantes a quienes se puede enseñar. Justamente porque en los
países occidentales hay tan poco conocimiento del mundo de ultratumba,
encontramos en ese mundo muchos que necesitan instrucción respecto al las
posibilidades de su nueva vida; y así, uno que sabe, puede ir esparciendo la
esperanza y la alegría allá tanto como acá. Pero, recuerda siempre, que los
términos “allá” y “acá” se usan en obsequio a nuestra ceguera; puesto que
aquel mundo está aquí, a nuestro alrededor, continuamente, y ni por un
momento puede ser considerado como distante o de difícil aproximación.
* * *
Se preguntará: ¿Nos ven los muertos? ¿Oirán lo que decimos?
Indudablemente nos ven en el sentido de que están siempre conscientes de
nuestra presencia, de que saben si somos felices o desdichados, pero no oyen
las palabras que pronunciamos, ni son conscientes, en detalle, de nuestras
acciones físicas. Un momento de pensar nos demostrará cuáles son los límites
de su poder para ver. Ellos habitan en lo que hemos llamado el “cuerpo
espiritual” un cuerpo que existe en nosotros y es aparentemente un duplicado
exacto del cuerpo físico; pero mientras estamos despiertos, nuestra conciencia
se enfoca exclusivamente en el último. Hemos dicho ya, que, así como la
materia física se relaciona solamente con el cuerpo físico; así también la
materia del mundo espiritual es perceptible únicamente por aquel cuerpo
superior. Por consiguiente, lo que el muerto puede ver de nosotros es
solamente nuestro cuerpo espiritual al cual, sin embargo, reconoce fácilmente.
Cuando estamos lo que llamamos dormidos, nuestra conciencia usa ese
vehículo, y entonces estamos despiertos para el muerto; mas cuando
transferimos nuestra conciencia al cuerpo físico, le pertenece al muerto que
dormimos, puesto que si bien nos mira él aún, ya no le hacemos caso ni
podemos comunicarnos con él. Cuando se duerme alguna persona, nos damos
perfecta cuenta de su presencia, pero por el momento no podemos
comunicarnos con ella. Precisamente igual es la condición de un ser viviente
(cuando se halla despierto), ante los ojos del muerto. Generalmente, por no
poder recordar en vigilia lo visto durante el sueño, sufrimos el engaño de creer
que hemos perdido a nuestro muerto; más ellos jamás se engañan creyendo
habernos perdido, puesto que continuamente pueden vernos. La única
diferencia para ellos consiste en que nosotros estamos con ellos durante la
noche, y ausentes durante el día, mientras que cuando habitaban con nosotros
en la tierra, sucedía exactamente lo contrario.
Ahora bien, esto que, según San Pablo hemos estado llamando el “cuerpo
espiritual” (se denominaba usualmente el cuerpo astral), es especialmente el

vehículo de nuestros sentimientos y emociones; por consiguiente, lo que con
más claridad se le muestra a los muertos, son nuestras emociones y
sentimientos. Si estamos contentos lo comprenden instantáneamente, aunque
no conozcan la causa de nuestra alegría; si estamos tristes, inmediatamente se
dan cuenta de ello y comparten nuestra tristeza sin saber la causa de ella.
Todo esto es, por supuesto, durante nuestras horas de vigilia; cuando
dormimos, conversan con nosotros como antes acostumbraban en la tierra.
Aquí, en nuestra vida física, podemos disimular nuestros sentimientos; en aquel
mundo superior, esto es imposible porque se hacen visibles instantáneamente.
Como tantos de nuestros pensamientos versan sobre nuestros sentimientos, la
mayoría son muy perceptibles en aquel mundo; pero el pensamiento abstracto
aún queda oculto.
Dirás que todo esto tiene muy poco parecido al cielo y al infierno que nos
describían durante nuestra infancia; sin embargo, resulta que ésta es la
realidad que se ocultaba tras de todos aquellos mitos. En verdad, no existe
infierno alguno; no obstante, ya se comprenderá que el borrachín o el
sensualista pueden prepararse para sí algo que lo imita con bastante fidelidad;
sólo que no es perpetuo; dura únicamente hasta que a ellos se les agotan los
deseos; pueden en cualquier momento terminarlo, si tienen suficiente fuerza y
juicio para dominar tales apetitos terrestres y elevarse por encima de ellos.
Esta es la verdad implícita en la doctrina católica del purgatorio, la idea de que,
después de la muerte, las malas tendencias del hombre deben extinguirse por
medio de cierta cantidad de sufrimiento, antes de que sea capaz de gozar la
gloria del cielo.
Existe una segunda y mas alta etapa de la vida después de la muerte,
que corresponde bastante de cerca de un concepto racional del cielo. Se logra
aquel nivel superior cuando todo anhelo inferior o egoísta haya desaparecido
en absoluto: entonces pasa el hombre a una condición de éxtasis o de suprema
actividad intelectual, según las líneas en las cuales haya fluido su energía
durante su vida terrestre. Aquello es para él un período de la más suprema
bienaventuranza, un período de muchísima comprensión, de mayor
aproximación a la realidad. Pero esta dicha alcanza a todos, no solamente a los
especialmente piadosos. En modo alguno debe verse como premio, sino
solamente como el inevitable resultado del carácter cultivado en la vida
terrestre. Si un hombre se siente lleno de desinteresado amor intelectual o
artístico, el inevitable resultado de tal desarrollo será este goce de que
hablamos. Que se recuerde que todas éstas no son sino etapas de una vida, y
que así como la conducta de un hombre durante su juventud, le proporciona las
condiciones que gobiernan su madurez y su vejez, así la conducta de un
hombre durante una vida terrestre determina su condición durante tales
estados sucesivos. ¿Es eterno este estado de gloria? –me preguntas -. No,
porque como he dicho, es el resultado de la vida terrestre, y una causa finita
jamás puede producir un resultado infinito.
La vida del hombre es mucho más larga y mucho más grande de lo que tú
te has imaginado. La Chispa que ha emanado de Dios tiene que volver a Él; y
estamos todavía muy lejos de esa Divina perfección. Todavía se desenvuelve
porque la evolución es la ley de Dios, y el hombre crece, despacio y
constantemente, así como todo lo creado. Lo que comúnmente se conceptúa
como la vida del hombre no es, en realidad, sino un día de su verdadera vida.
Tal como en esta vida ordinaria el hombre se levanta diariamente; se viste y

sale a su trabajo cotidiano, y después, al anochecer, se desnuda para
descansar; y luego, a la mañana siguiente, se levanta para continuar su trabajo
en el punto en que lo dejó, así también cuando el hombre entra a la vida física
se viste del cuerpo físico, y cuando termina su trabajo se quita aquel vestido
una vez más, en lo que tú llamas la muerte, y pasa al estado de descanso, el
cual he descrito ya; y cuando acaba de descansar, se pone una vez más el
vestido del cuerpo y sale otra vez, para empezar un nuevo día de la vida física,
continuando su evolución desde el punto mismo en que la había dejado. Y
ésta, su larga vida, dura hasta que alcanza la meta de la Divinidad, conforme al
esquema de Dios.
* * *
Todo esto quizás, sea nuevo para ti; y, porque es nuevo, te suena extraño
y raro. Cuanto queda dicho, sin embargo, es susceptible de prueba y,
efectivamente, ha sido puesto a prueba repetidas veces; pero si deseas
estudiar esto, tienes que leer la literatura que trata del asunto, puesto que en
un corto folleto, escrito con un propósito especial, tal como éste, tengo que
limitarme a afirmar los hechos sin tratar de aducir las pruebas.
Podrías preguntar, quizás: ¿no se apenan los muertos por los que han
dejado en el mundo físico? Efectivamente, algunas veces así sucede, y tal
ansiedad demora su progreso; debemos tratar de evitarles hasta donde sea
posible todo motivo de ella. El muerto debe librarse enteramente de todo
pensamiento acerca de la vida que dejó atrás, para que pueda dedicarse por
entero a la nueva existencia en la cual ha entrado. Por consiguiente, los que en
el pasado han dependido de su consejo, deberían en adelante pensar por sí
mismos, pues si continúa la liga mental con el fallecido, él reforzará sus lazos
con el mundo terrestre. El cuidar a los hijos de un muerto resulta una acción
especialmente meritoria, puesto que no solamente beneficia a los niños, sino
que también alivia la ansiedad del difunto y lo ayuda en su ascenso.
Si durante su vida se enseñaron al muerto doctrinas necias y blasfemas
de religión, a veces sufre ansiedad con respecto a su propia suerte.
Afortunadamente, hay en el mundo espiritual muchos que se dedican a buscar
a los que padecen tales errores, para liberarlos de ellos mediante una
explicación racional de los hechos. No sol amente hay muertos que hacen eso,
sino, también muchos vivos que dedican su tiempo cada noche, durante el
sueño del cuerpo, al servicio de los muertos, tratando de explicarles la verdad
en toda su hermosura. Todo sufrimiento proviene de la ignorancia; al disipar la
ignorancia el sufrimiento desaparece.
* * *
Uno de los casos más tristes de aparente pérdida, es cuando un niño deja
este mundo físico, quedando sus padres sumergidos en el dolor. ¿Qué sucede
a los niños en aquel mundo espiritual tan extraño y nuevo? De todos los que
entran en él, son ellos, quizás, los más felices y los que más satisfechos se
hallan. Recuerda que ellos no pierden a los padres, los hermanos, los
compañeros de juego a quienes amaron; no hacen más que jugar con ellos
durante lo que llamamos la noche en lugar del día, de modo que no sienten ni
pérdida ni separación. No se les dejan solos durante nuestro día, puesto que
allá como acá, los niños se juntan y juegan en campos Elíseos llenos de raras
delicias. Sabemos cómo goza aquí un niño “figurándose, imaginándose ser”
éste u otro personaje histórico, representando el papel principal en toda clase
de maravillosos cuentos de hadas o historias de aventuras. Pues en la materia
más fina de este mundo superior, los pensamientos toman forma visible y el
niño que se imagina un héroe cualquiera, en el acto asume temporalmente su
semejanza. Si desea un castillo encantado, su pensamiento puede edificarlo. Si
deseara un ejército a sus órdenes, inmediatamente aparecería dicho ejército.
Así es que entre los muertos las huestes de los niños están siempre alegres, y
son hasta tumultuosamente felices.
Y aquellos otros niños de distinta posición, cuyos pensamientos tienden
más a asuntos religiosos, tampoco dejan jamás de encontrar lo que anhelan.
Porque los ángeles y santos tradicionales existen; no son meras fantasías
piadosas; y quienes los necesitan, los que creen en ellos, son, con seguridad,
hacia ellos atraídos, y los encuentran aún más bondadosos y más gloriosos de
los soñado. Niños hay, que quisieran encontrar a Dios mismo, a Dios en forma
material; pues bien, ni estos son contrariados, puesto que aprenden de los
preceptores más dulces y benignos, que todas las formas son formas de Dios,
porque Él está en todas partes, y los que quieren servir y ayudar aun a la más
insignificante de sus criaturas, en verdad sirven y le ayudan a Él. A los niños
les encanta ser útiles; les encanta ayudar y consolar; un amplio campo se les
abre para tal ayuda y consuelo entre los ignorantes en aquel mundo superior, y
a medida que pasan por sus anchurosos campos, en su misión de misericordia
y amor, comprenden la verdad de la hermosa enseñanza: “Por cuanto lo has
hecho por uno de los menores de éstos, Mis hermanos, lo has hecho por Mí”.
¿Y los recién nacidos? ¿Los que aún no saben jugar? No temas por ellos,
porque sobran madres que dejaron el cuerpo físico, las cuales anhelan
estrecharlos en sus brazos, recibirlos y amarlos como si fueran propios.
Usualmente, tales pequeñuelos, descansan en el mundo espiritual muy breve
tiempo para volver otra vez a la tierra, a menudo con los mismos padres. El
monje medieval inventó un horror especialmente cruel respecto de los recién
nacidos: la doctrina de que el pequeñuelo sin bautizar se perdería para
siempre. El bautismo es un sacramento digno de respeto, y no sin valor, pero
sería muy poco científico imaginarnos que la omisión de una fórmula externa
como esa pudiera afectar el funcionamiento de las eternas leyes de Dios, o
hacer que el Padre Celestial trueque su ilimitado amor en tiranía sin piedad.
* * *
Hasta aquí hemos hablado tan sólo de la posibilidad de alcanzar a los
muertos ascendiendo a su nivel durante el sueño, lo cual constituye la manera
normal y natural de proceder. Tenemos también, por supuesto, el método
anormal y desnaturalizado del espiritismo, por medio del cual los muertos, por
un momento, asumen de nuevo el velo de la carne, haciéndose así una vez
más, visibles a nuestros ojos físicos. Los estudiantes del Ocultismo no
recomiendan este método, particularmente, porque detiene a menudo la
evolución del muerto, y parcialmente, porque contiene tanta incertidumbre, y
tanta posibilidad de engaño y fingimiento. El asunto es demasiado extenso para

poder tratarlo en un folleto como éste, pero hay un libro llamado The Other Side
of Death (“El otro lado de la muerte”). En él encontrará también una descripción
de ejemplos justificativos de que los muertos espontáneamente vuelven a este
mundo inferior, manifestándose de varios modos, generalmente porque quieren
algún servicio de nosotros. En tales casos es mejor tratar de averiguar, lo más
pronto que podamos qué es lo que anhelan, y si fuera posible, llevar a cabo sus
deseos, para que consigan descansar.
Si has podido asimilar lo que ya he dicho, podrás comprender que, por
natural que sea que nos aflijamos por la muerte de nuestros seres queridos, tal
aflicción siempre es un error y un mal que debemos vencer. No hay por qué
afligirnos por ellos, puesto que han pasado a una vida infinitamente más amplia
y feliz. Si nos afligimos por nuestra imaginada separación de ellos, en primer
lugar lloramos un error, porque en verdad no están alejados; y en segundo, nos
portamos con egoísmo, porque estamos pensando más en nuestra aparente
pérdida, que en el provecho inmenso y real de aquellos. Debemos esforzarnos
en desprendernos totalmente de todo egoísmo, para amar
desinteresadamente. Debemos pensar en ellos y no en nosotros, no en lo que
deseamos o sentimos, sino únicamente en lo que más les convenga y más les
ayude para su adelanto.
Si nos desconsolamos, si cedemos a la tristeza y la depresión,
formaremos una nube negra que les oscurece a ellos el cielo. Su mismo cariño
para nosotros, su misma simpatía para nosotros, les expone a esta funesta
influencia. Podemos usar el poder que tal cariño nos da para ayudarles, en
lugar de ponerles obstáculos, si tenemos voluntad; pero eso requiere valor y el
sacrificio de sí mismo. Tenemos que olvidarnos totalmente de nosotros
mismos, en el deseo sincero y amoroso de servir en cuanto sea posible a
nuestros muertos. Cada pensamiento, cada sentimiento nuestro los influye;
cuidemos pues, de emitir pensamiento alguno que no sea amplio y útil, noble y
purificador.
Si como es probable, ellos sienten alguna ansiedad respecto de nosotros,
mantengamos persistente alegría para poder asegurarles que no tienen por
qué preocuparse. Si durante la vida física carecieron de conocimiento detallado
y verídico acerca de la vida después de la muerte, tratemos inmediatamente de
asimilar nosotros mismos tal conocimiento y llevárselo en nuestras
conversaciones nocturnas con ellos; puesto que nuestros pensamientos y
sentimientos se reflejan en los suyos tan fácilmente, cuidemos que siempre
sean de los que elevan e inspiran.
Trata de comprender la unidad de todo; hay un solo Dios, y todos somos
uno en Él. Si logramos hacer nuestra la unidad de aquel Eterno Amor,
desaparecerá de nosotros el pesar, porque comprenderemos, tanto respecto
de nosotros como de los que amamos, que, vivos o muertos, somos del Señor,
y que en Él vivimos, nos movemos y existimos, sea en este mundo o en el
venidero. La actitud de desconsuelo es una actitud impía e ignorante. Cuanto
más conozcamos, más plena confianza tendremos; porque sentimos
certidumbre completa de que tanto nosotros como nuestros muertos
descansamos en el perfecto Poder y la perfecta Sabiduría, dirigidos por
perfecto Amor.